Epifanías

Estimado, o no:

Dice el diccionario de la RAE que una epifanía es una “manifestación, aparición o revelación”. Pues bien, acabo de experimentar una epifanía más grande que la que tuvo Javier Lambán cuando exigió que Aragón contase con mar como Catalunya y alguien le acercó un mapa. 

¿Así que los catalanes al viajar seguimos hablando entre nosotros el mismo idioma que empleamos en casa como hace el 99,9999999999% de la Humanidad? Yo creía que los catalanes nos actualizamos como los móviles con la hora local. Ya sabes, cuando viajas al extranjero y enciendes el móvil en el aeropuerto al esperar las maletas, compruebas que se te ha actualizado con la hora local y empiezas a recibir SMS de la red en la que estás conectado, tarifas, ofertas de sexo… Bueno, esto quizás no. En definitiva, estaba convencido de que, de repente, los catalanes dejábamos de hablar catalán entre nosotros y de nuestra boca salían palabras en el idioma local. ¿Y sabes si eso pasa con los españoles que viajan… no sé… a París? ¿Se conectan por Bluetooth a la Torre Eiffel y empiezan a hablar como Gérard Depardieu… pero sin ir borrachos? 

Pues ahora que hemos entrado en el síndrome de estrés postepifania, quiero que accedas a una segunda epifanía: muchos catalanes hablan a sus perros en catalán. Lo que lees. ¿Sabías que los perros no solo entienden el castellano? Con los gatos no estoy tan seguro de que entiendan catalán porque siempre van a su bola. Aunque en su favor hay que decir que no hay gatos policía. 

¿Sabes que la epifanía también es una fiesta cristiana en la que Jesús toma forma humana en la Tierra? De alguna manera, es una celebración sobre el nacimiento. Pero no hay un solo nacimiento. Hay muchos. Nacemos biológicamente. Salimos del útero materno sin más expectativas que poder respirar, comer y dormir. Al abandonar el útero de nuestra madre también nacemos como nietos, hijos, hermanos, sobrinos o primos de alguien, enlazados a relaciones que ya empiezan a construir nuestro lugar en el mundo.

Nacemos como aventureros, seres que buscan, que se preguntan, que se sorprenden ante aquello que se vive por primera vez. Porque siempre hay una primera vez. 

Y hay también un nacimiento como seres morales. En esa aventura descubrimos que no todo es bueno o malo, que se nos exige que actuemos de una determinada manera y, al mismo tiempo, exigimos ser tratados en justa correspondencia. Quizás nos hablen de cielos o infiernos, de leyes que se deben respetar, de expectativas que hay que cumplir en miradas ajenas. 

Nacemos en emociones y sentimientos. Nacemos como amantes, nacemos en el amor. Encontramos a alguien, nos miramos en ese alguien como quien se adentra en un nuevo territorio, dando pasos cortos y con la velocidad de un niño que camina por primera vez. Ponemos nombre a aquello que experimentamos, para comprendernos y comprender a otros. Y naufragamos, o no. Y coleccionamos decepciones, o no. Y edificamos un museo de oportunidades perdidas o coleccionamos mapas de tesoros escritos con tinta invisible.

Y un día morimos. Morimos como amantes, como hijos o nietos de alguien, como seres morales, como aventureros que un día quisieron comerse el mundo. Y morimos biológicamente. Por eso, el truco más importante que debemos aprender es a sincronizar todas esas muertes en un último día. Y es que, dejar que muera la inteligencia unos años antes de nuestra muerte biológica es una putada.