La banalidad del ornitorrinco

Estimado, o no:

El 11 de abril de 1961 comenzó el juicio en Jerusalén contra Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS nazis y principal responsable de las deportaciones masivas que acabaron con la vida de más de 6 millones de judíos y provocaron 15 millones de víctimas, si sumamos las personas que sufrieron el infierno de los campos de exterminio. Siguiendo el famoso juicio se encontraba como corresponsal del The New Yorker, Hannah Arendt, una de las figuras más importantes del pensamiento político del siglo XX. El resultado de su visión del juicio acabó dando forma al ensayo Eichmann en Jerusalén, al que puso como subtítulo Sobre la banalidad del mal. La banalidad del mal es un concepto que afirma que personas capaces de cometer grandes atrocidades pueden ser gente aparentemente “normal”. En el caso de Eichmann, la autora afirmó que no era ni un monstruo, ni un loco, ni un enfermo, sino un burócrata, una marioneta que actuó dentro de un sistema, guiado por lo que le decían que hiciese. Dicho en lenguaje coloquial, Eichman no sería “malo” sino un auténtico gilipollas, un imbécil. 

Lo cierto es que siempre el ser humano ha intentado, intenta y seguirá intentando buscar una causa a todo. Y en ese proceso surge también otro concepto interesante: la navaja de Ockham, que afirma que, “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Por esta razón, si sumamos ambos conceptos, creo en mi humilde opinión que la explicación a muchas afirmaciones responde al hecho de que somos más imbéciles que malos. Si todos fuésemos intrínsecamente malos, nos habríamos extinguido hace tiempo y ahora el mundo estaría dominado por ornitorrincos que sí, son feos y raros, pero viven discretamente su existencia y no sueñan con un mundo lleno de ornitorrincos. Al menos, no he leído jamás a ningún ornitorrinco que afirme que lo mejor sería un mundo con una sola especie animal que, casualmente, sería la del ornitorrinco. Y de momento, nadie ha escrito ningún ensayo que se llame La banalidad del ornitorrinco.

¿El mundo sería más culto con una sola lengua? Se trata de una pregunta que me provoca el mismo interés que si la pregunta fuese: ¿el mundo estaría mejor alimentado si solo se comiese cocido madrileño? Sin ser dietista, sospecho que en ese caso todos estaríamos más gordos y con más colesterol. Además, la gastronomía sería especialmente aburrida. Los madrileños se moverían orgullosos por el mundo al ver a todo quisqui comiendo cocido pero me temo que los grandes beneficiados serían los gimnasios y los fabricantes de crema antihemorroides. Ligerito, no sería el cocido madrileño, para qué nos vamos a engañar.  Lo digo con cariño. Por eso abogo por un mundo con ensaladas, sushi, verduras y sí, también fast food, porque tampoco soy Mister Aburrido.

El mundo es más interesante siendo multicultural, multilingüístico, con centenares de modelos ideológicos, colores de piel, orientaciones sexuales y sistemas de creencias. Por supuesto. No lo dudes. Lo que no sé es si hay cientos de maneras de comportarse como un imbécil o si la imbecilidad es algo que persiste a lo largo del tiempo; si siempre, en cualquier lugar, en cualquier época, hay un Eichmann incapaz de cuestionar el sistema del que forma parte, por muy inmoral que sea. Al final, la sostenibilidad de una sociedad se basará en la cantidad de estupidez que sea capaz de soportar sin autoimplosionar. Eso sí, en estos tiempos de supremacismos lingüísticos en los que hay gente que aspira a que el resto de la humanidad sea un clon de sus obsesiones, yo prefiero quedarme con las palabras del otro lado de la moneda, el reverso de Eichmann: “Es difícil en tiempos como estos pensar en ideales, sueños y esperanzas, sólo para ser aplastados por la cruda realidad. Es un milagro que no abandone todos mis ideales. Sin embargo, me aferro a ellos porque sigo creyendo, a pesar de todo, que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón”. Este texto lo escribió una niña judía de 13 años y se llamaba Annelies Marie Frank, más conocida como Ana Frank.

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