Mira tu DNI

Estimado, o no:

No he podido evitarlo. Voy a empezar por la típica sugerencia del típico nacionalista español: mira tu DNI. Exacto, mira ese plástico de colores en el que figura tu foto y que le dice al mundo que identidad nacional quiere tu Estado que tengas. Aunque, de hecho, creo que tampoco es necesario que mires tu Documento Nacional de Identidad para saber cuál es tu identidad nacional. Y es que lo primero de lo que nos informas en tu perfil biográfico de Twitter es que eres italiano. Si tanto detestas la identidad nacional de los demás (especialmente de los catalanes) podrías haber escrito: “me siento italiano, por eso lo primero que os digo en mi cuenta de Twitter es que soy italiano pero, eso sí, me cago en la identidad nacional de los catalanes, que no tienen derecho a sentirse catalanes y no españoles, hombre ya”. Acepta este pequeño consejo: es más interesante que aclares este concepto a que menciones lo del Bunga-Bunga.

La identidad es un conjunto de características propias de una persona o un grupo y que permiten distinguirlos del resto. También se puede entender como la concepción que tiene una persona o un colectivo sobre sí mismo en relación a otros. Hay diferentes tipos de identidades: la identidad de género, la cultural, la nacional y la más compleja de todas, la personal. Estas identidades no son excluyentes. Funcionan como capas de cebolla que trabajan a diferentes niveles y lo cierto es que la identidad personal, que no deja de ser una suma de muchas identidades, permite situar unas por encima de las otras. Así, hay personas para las que la identidad de género es más importante que la identidad nacional y eso no las hace ni mejores, ni peores. Al final, supongo que nuestra identidad personal, el lugar que elegimos para mirar o ser mirados, es el resultado de la suma de muchos intereses e inquietudes. Y aunque algunas personas parezcan planas y cuadradas, somos poliedros girando al mismo tiempo que este planeta redondo y achatado por los prejuicios (y por los polos).

Todos los Estados se esfuerzan en recordarnos cuál creen que debe ser nuestra identidad nacional. Así, se nos exige cuando nacemos que estemos inscritos en un Registro civil que comportará que tengamos una nacionalidad determinada y que nos asegurará un plástico de colores con nuestra foto que nos dirá cada día qué identidad nacional quiere ese Estado que tengamos. No responde a una ley física sino simplemente a la lotería del azar. Tienes la identidad administrativa de donde tu madre ha decidido que nazcas (aunque también se puede conseguir desplazándote a vivir a paraísos fiscales) pero la identidad nacional que uno quiera tener. Ojalá pudiésemos elegir dónde nacer. Yo habría elegido nacer en un concierto de Pink Floyd y que me hubiesen dado un carnet de identidad cultural pero en el siglo XXI el tema de las soberanías y los derechos u obligaciones adquiridos por nacimiento aún pesan más que el solo de guitarra de Comfortably Numb. Y qué quieres que te diga, a mi David Gilmour me emociona mucho más que el Bunga-Bunga del himno español. Sin embargo, admito que cuando viajo por el extranjero jamás digo que soy español. Mi identidad nacional no es coincidente con mi identidad administrativa. Porque ser no es lo mismo que estar. Where are you from? I’m from Barcelona. Oh, Messi! 

Respeto todas las identidades, las de género, las culturales, las nacionales o las personales porque es el gran tesoro de los seres humanos. Alcanzar el último día de la vida, habiendo conseguido una identidad que sea el reflejo de todas las experiencias que uno ha tenido, debería ser el gran proyecto vital de todas las personas. Sentirte hombre o mujer independientemente del cuerpo con el que hayas nacido; italiano, catalán, español o kosovar; de Joyce o de Cervantes; de Camela o de Radiohead; ciudadano del mundo o el más fiel defensor de tus orígenes más locales es lo que nos hace libres, más allá de plásticos de colores o constructos sociales. Eso sí, cada vez que alguien me dice que es un ciudadano del mundo, dibujo una pequeña sonrisa imaginando que en los aeropuertos no enseña su pasaporte sino el carnet de unicornio demagogo.

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