ESPAÑA NO SABE SER NACIÓN

Estimada, o no:

Centrémonos en el tema de fondo: España es un Estado que no sabe ser nación. Y no es un tema de ahora. Es una cuestión que lleva siglos dando vueltas en la cabeza de los habitantes de este lugar del mundo, que un día fue Hispania (tierra de conejos) y ahora es España (tierra de Mercadonas).

¿Por qué digo que España no sabe ser nación? Para empezar, la península ibérica ha sido como el vestíbulo de un hotel: pasa mucha gente, es bonito, se habla en muchos idiomas, pero al final las personas pagan y se marchan. Y es que por aquí han pasado cartagineses, fenicios, griegos, romanos, visigodos, musulmanes… y Corinna. La España medieval fue una suma de sangre y semen. Los reinos y los condados se unían como si se tratase de fusiones bancarias. Se pactaban matrimonios entre maduros interesantes y niñas inocentes cuando la pederastia era bien vista en los libros de Historia. Entre reinos de Taifas, califatos y reconquistas uno ya no sabe quién es el bueno y quién es el malo. Colón descubrió América cuando estaba a punto de dar de comer a los tiburones. Además, España ha tenido dos grandes dinastías monárquicas: una de origen austriaco y otra de origen francés. Que nadie lo olvide cuando cante lo de “yo soy español”. Las restauraciones borbónicas han gozado del mismo éxito que José Manuel Soto impartiendo una conferencia sobre astronomía. Los españoles han tenido la mala costumbre de colonizar territorios y personas como un autocar de jubilados coloniza un self service de carretera: pegando codazos, ocupando la cuchara de la paella y quejándose de que antes había otros. Y su primera Constitución no llegó hasta 1812, pero duró menos que Pjanic en el Barça. Exacto. ¿Quién es Pjanic? Por otra parte, los españoles han mostrado el feo hábito de dar golpes de Estado y matarse entre ellos. En resumen: ¿cómo se puede construir una nación cultural con todos los que tienen un DNI en su cartera (al lado de la tarjeta de supermercado por lo de los descuentos) para que se sientan emocional y sentimentalmente identificados entre sí por una misma nación? ¿Estableciendo un programa de puntos con el DNI como hacen los supermercados? No creo. La clave es UNO. Unidad. Uno. No dos, ni tres. Uno. Y no me refiero al juego. Me refiero a esa obsesión por la unidad de España, que no significa “cojámonos de las manos, caminemos juntos bajo el sol y cantemos kumbaya, my Lord, kumbaya”. Significa “voy a hacer una ensalada de pequeños trazos folclóricos de aquí y de allá, voy a meterle unos tropezones de toros, el sabor ácido de la monarquía, el aliño de la guardiasivil, un toque de ejército expectante y el ingrediente principal: un kilo de castellano”. Y te la vas a comer. Te guste o no te guste. Porque para eso tengo la sacrosanta, inmaculada, inviolable y, escrita en piedra, Constitución del 78. 

Y es así cómo queréis construir una nación cultural: haciendo que el castellano sea la única lengua visible en todas las instituciones, Una lengua, un Estado, una nación. Uno. Unidad. Las lenguas no castellanas os molestan. No van con vuestra ensalada. Y así estamos.

Leyendo vuestras quejas, he llegado a la conclusión de que todos los niños de las comunidades monolingües deben ser escritores al acabar la ESO. Con doce años deben pasar sus noches de cena literaria en cena literaria y de premio en premio. A los dieciséis deben hablar en verso. Con la mayoría de edad deben estar cada año recibiendo el Nobel de Literatura. Eso sí, después entro en Twitter y leo tuits que deberían estar juzgados por actos de terrorismo ortográfico. 

Voy a acabar con un consejo: si el sistema educativo catalán no te gusta, funda un partido, te presentas a las elecciones, obtienes mayoría parlamentaria y cambias lo que quieras. Pero intentar ganar a través de jueces españoles, lo que no ganas en las urnas catalanas, se parece bastante al colonialismo cultural. 

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