VIAJE ÉPICO HACIA LA NADA

Estimada, o no:

No sé por qué los catalanes, gallegos, valencianos, vascos o los habitantes de las preciosas islas Baleares tenemos la manía de rotular los nombres de las ciudades y pueblos en nuestra lengua. Eso no se ve en ningún lugar del mundo, ya que rotulan en castellano que, como sabemos, es la lengua común de los 7.800 millones de personas de este planeta achatado por los polos, es la más molona, la que entienden todos, la más de lo más, de lo más. 

Por ejemplo, si vas a Suecia, la ciudad de Örnsköldsvik se llama así, Örnsköldsvik, en castellano, para que no nos perdamos. Y lo mismo sucede cuando vas a Islandia y buscas Svalbarðsstrandarhreppur. Así, en castellano de Valladolid. Es que, si te quitan una letra, te haces un lío. Por eso, estoy seguro de que serás capaz de decirme dónde están Den Haag, Wien, Padova, Nürnberg y Aachen. Bueno, te daré una pista: La Haya, Viena, Padua, Nuremberg y Aquisgrán. 

Pero no te escribo para que te des cuenta de que el problema no es que se rotulen las ciudades y los pueblos empleando los topónimos de las lenguas propias, sino de su castellanización (y conste que, en general, estoy en contra de que se traduzcan los topónimos. Y eso incluye el catalán). Te escribo porque quiero hacer una pequeña reflexión.

Acabo de visitar la exposición Cervell(s) en el CCCB de Barcelona. Se trata de una exposición que se adentra, tanto en la anatomía del cerebro, como en todo aquello que éste genera: la conciencia, el pensamiento abstracto, el lenguaje, la imaginación, los sueños y la memoria. Es muy recomendable.

Queda claro que la mente humana combina tres características fundamentales que están interconectadas:

  • Un lenguaje complejo que empleamos para dar sentido al mundo visual.
  • La capacidad de interpretar las palabras y las expresiones de otras personas.
  • La habilidad de recordar hechos pasados y construir futuros mentales.

Así somos los humanos: animales con capacidad para intentar comprender el mundo pasado y presente, para explicarlo a otras personas, para que otras personas nos lo expliquen y para imaginar cómo puede ser el futuro de ese mundo. Casi nada. 

Esto significa que cada uno de nosotros construye un modelo de lo que cree que es el mundo. Un modelo basado en nuestras experiencias. Por ejemplo, yo no puedo imaginarme cómo es Örnsköldsvik si no he estado nunca. Para poder construirme un modelo mental de Örnsköldsvik necesito haber estado allí, haberme documentado, que alguien me lo haya explicado…Necesito llenar mi cerebro de impactos sensoriales que me permitan saber cómo es Örnsköldsvik. Si no, resulta complicado. ¿Y por qué te explico este rollo? Porque me he dado cuenta de que muchas personas sois castellanocéntricas y eso limita mucho la capacidad de que os podáis construir un modelo mental más cercano al mundo. Este mismo discurso vale para otras situaciones. Por ejemplo, cuando los hombres nos dejamos llevar por el mansplaining e intentamos explicar a las mujeres qué es ser una mujer. O un monolingüe le dice a un bilingüe que debe ser trilingüe. 

Confieso que aún no sé de qué va esto de la vida. No sé cuál es sentido de la vida, ni qué se supone que hacemos aquí, además de engordarnos y discutir en Twitter. No lo sé. Pero sí intuyo, sospecho, algo me dice, que una de las claves para ser feliz consiste en ampliar el modelo mental que tenemos del mundo y eso implica, sobre todo, intentar comprender aquello que a priori no comprendemos. Veo esto de la vida como un viaje hacia algo. Sé que Love of Lesbian lo ve como un “viaje épico hacia la nada” y muchos días estoy de acuerdo. Sin embargo, en estos 54 años (casi 55) dando vueltas al sol, he creído descubrir que las vidas más inútiles son aquellas que dimiten de entender qué somos y qué hacemos aquí, las que renuncian a adoptar la mirada del otro para comprenderlo y las que se conforman con cuatro tópicos para no ahogarse en la complejidad. 

Por eso, antes de quejarte sobre los rótulos en gallego en Galicia, ¿por qué no pruebas a sentirte gallega por un día? Escucha su lengua e intenta comprenderla, llena tus retinas de la belleza de Galicia, come su maravillosa gastronomía, pregunta a los gallegos aspectos sobre su territorio y estoy seguro de que encontrarás a personas que te darán claves para ampliar tu modelo del mundo. Porque al final, cuando llega el último día de este “viaje épico hacia la nada”, quizás descubrimos que el “algo” que nos faltaba no era sino entender un poco más el mundo en el que vivimos.