MORDER LAS LENGUAS

Estimada, o no:

Los primeros filósofos griegos recibieron el nombre de “filósofos de la naturaleza”. No fue porque fuesen asiduos del Decathlon y se comprasen calzado deportivo para hacer trekking, sino porque empezaron a hacerse preguntas sobre la naturaleza. De alguna manera, parece que asumieron que había algo que había existido siempre y que la respuesta estaba en la naturaleza. Así, se cuestionaron por qué los peces venían del agua, las plantas del suelo y Herman Tertsch del bar (bueno, quizás esto último no, pero muchos nos hacemos esa pregunta viendo los tuits que escribe o sus intervenciones en el Parlamento europeo). En todo caso, estos filósofos fueron Tales, Anaximandro y Anaxímenesm que realizaron una enorme aportación a la Humanidad porque fueron seres humanos que empezaron a preguntarse cuál era el origen de las cosas.

Ha llovido mucho desde entonces. Millones de seres humanos han dado vueltas alrededor del sol en compañía de otros seres humanos. Y durante todos estos siglos, poco a poco, esas personitas con tendencia a engordar y a levantarse doloridas por la mañana han ido encontrando respuestas y esas respuestas han generado nuevas preguntas que, a su vez, han proporcionado nuevas respuestas. Se han encontrado soluciones en ciencia, en arquitectura, en música, en medicina, en política, en economía… Y a todo eso lo hemos llamado cultura. 

El diccionario de la RAE proporciona dos acepciones sobre la palabra cultura:

Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.

Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.

Quizás pertenezca a una extraña subdivisión humana, anclada en el romanticismo o en las utopías, pero soy un ferviente creyente respecto a la cultura. Entre otras cosas porque la cultura es nuestro archivo global, es la suma del equipaje intelectual de todos los seres humanos que han tenido la suerte de visitar este planeta esférico, aunque achatado por los polos, que da vueltas sobre sí mismo en busca del día o de la noche. La cultura es la fórmula de la vida, es un mapa para entender qué mierdas hacemos aquí, además de comer, beber, fornicar (quien puede), reproducirnos (quien quiera) y morir (todos). Y por este motivo, no entiendo tu tuit. Comprendo sus intenciones que, obviamente, pretenden menospreciar unas lenguas que en total hablan 14 millones de españoles para demostrar que la única lengua útil en este país desorientado es el castellano. Más allá de eso, no acabo de comprender por qué una persona adulta llega a la conclusión de que es mejor conocer una sola lengua que dos. Puedo estar equivocado, pero en mi opinión sería como decir “qué tontería tener conocimientos sobre el Gótico si con el Románico ya es suficiente, o “qué chorrada escuchar a Mozart si con Rosalía ya puedes tener distracción en el coche”, o “qué gilipollez viajar a París, si ya estuviste en Londres”. Es exactamente lo mismo. Igual. Estás glorificando la ignorancia. Estás penalizando los conocimientos de otras personas. Estás equiparando algo tan importante como disponer de herramientas de comunicación a “ir a la pata coja todo el día”. Estás ofreciendo al mundo el pensamiento: “qué gilipollas ser bilingüe cuando ser monolingüe es mucho mejor”. Extraño. Muy extraño.

Tales y Anaxímenes no se lo curraron mucho. El primero dijo que el origen de todas las cosas era el agua y el segundo se decantó por el aire. Anaximandro debía ser Virgo como yo, ya que fue el que dejó a todo el mundo en modo meme sorprendido “de qué va este pavo”. Y es que, para Anaximandro el origen del todo era el Ápeiron, que como nombre para laxante quizás va bien, pero tampoco aclaró mucho las cosas. El Ápeiron era lo “indefinido”, lo “ilimitado”. Para Anaximandro, el Ápeiron es inmortal e indestructible, inengendrado e imperecedero. Principio y final. Desde el primer capítulo de la serie del ser humano, hasta el final, todo está en ese Ápeiron. 

Yo no sé cuál es el origen de todas las cosas. Tampoco sé cuál es el final. Pero entre ese origen y ese final, sí que me atrevería a recomendarte algo: no abras una franquicia de academias de idiomas.

¿Y si el origen de todo fuese un gin tonic? Ahí lo dejo.