MINIONS, PITUFOS Y DELFINES

Estimado, o no:

Desconozco si te ha sentado mal el café o es que no acabas de entender de qué va esto de la vida (es decir, de intentar ser feliz), pero noto que te alteras mucho ante la posibilidad de que un diputado catalán, valenciano, balear, vasco o gallego pueda hablar en su lengua materna desde la tribuna del Congreso. Y eso no se parece en nada a la felicidad. Desde mi modesto punto de vista, ser feliz se parece bastante a sentir curiosidad por el mundo que nos rodea, aceptar nuestra vulnerabilidad y sumergir la narizota en la complejidad para que ésta nos siga sorprendiendo cada día. Segregar bilis porque un diputado catalán, valenciano, balear, vasco o gallego tenga la posibilidad de dirigirse a los ciudadanos que depositaron su confianza en él o en ella no creo que aporte más que la posibilidad de una úlcera de estómago o de agriarte el rostro en modo “he ganado el Míster Vinagre Award”.

Lo sé, la posibilidad de que los diputados que lo deseen puedan hablar en lenguas que no son el castellano supone instalar traducción simultánea. En 2014, para el Senado, se calculó que este sistema costaría 120.000 euros. Es decir, a ti te costaría 0,0025 euros. ¿Qué recibirías a cambio? La satisfacción de saber que vives en un país que apuesta por el respeto a otras lenguas, que garantiza los derechos de otros españoles que como tú pagan impuestos pero no pueden escuchar a sus políticos hablar en su lengua materna y que no solo no tiene ningún reparo en mostrar otras realidades lingüísticas, sino que además las sitúa en el espacio público común otorgándoles el valor que merecen.

¿Qué tenemos a cambio? Bilis. Odio atávico. Menosprecio. Supremacismo. Prohibiciones. Y la sensación de que se intenta construir una identidad nacional en base a la imposición lingüística de un panhispanismo que lo fagocita todo. ¿Esto viene de ahora? No. La prueba es que está presente en el inconsciente colectivo de una parte muy importante de la población. Y es que durante siglos se ha dado fuerza a diferentes mitos con la idea de crear un único espacio lingüístico que refuerce la errónea idea de “un Estado, una nación y una lengua”. 

¿Y cuáles son esos mitos? El primero, el mito de la óptica castellanocentrista, el mito de la lengua común. Se puede resumir en “si todos sabemos castellano, las otras lenguas son inútiles”. Es tan absurdo como decir, “si a todos nos gustan los Minions, los pitufos son inútiles”. Pues no me pitufa nada la idea. Entre otras cosas porque el concepto “lengua común” sitúa al castellano en una esfera superior y cualitativamente ninguna lengua es superior a otra. Ni siquiera la de los Minions. Por cierto, nunca he oído a ningún pitufo decir que los Minions hablan una lengua local o de aldeanos. Quizás algunos españoles deberían aprender de los pitufos. Aunque no me refiero a su ratio número de pitufos/número de pitufas. De existir un pitufo campechano, lo pasaría fatal.

También está el mito de las virtudes del castellano primitivo. Por ejemplo, se dice que como el castellano solo tiene cinco vocales, es más fácil de aprender. Dile a un extranjero que no se dice rompido sino roto y así con medio millón de verbos irregulares. 

Otro mito muy seductor es el mito de la conversión del castellano al español. Eso expulsa al catalán, al gallego o al euskera de “lo español”. Nuestras lenguas no os molan, pero al dinerito que pagamos en impuestos no le hacéis asco, pimpollos.

En resumen: otra sociedad sería posible si España fuese realmente un país culto, sensible a la diversidad y amante de su riqueza. En vez de eso, ¿qué hay? Tipos random como tú que etiquetan como “capricho, frivolidad, despilfarro y, sobre todo, ganas de joder la marrana” que unos diputados, que se supone hablan lenguas españolas, puedan dirigirse a otras personas, que se supone que son españolas, en una lengua que no sea el castellano. Y es que no estamos hablando de la posibilidad de hacer un discurso en el lenguaje de los delfines. Estamos hablando de la posibilidad de respetar y proteger un patrimonio que se supone que es común. Pues chico, muchas ganas de compartir nacionalidad con tipos random como tú no tengo. Si puedo elegir, prefiero compartir DNI con un delfín, que bien monos son, antes que con tipos con mal café.