MADRILEÑOS QUE EXPLICAN CATALUNYA A LOS CATALANES

Estimado, o no:

He visto que ya has colgado en Twitter el episodio piloto de la serie: “Expliquemos Cataluña a los catalanes”. Y es que, si algo no falta en España, son madrileños que expliquen Catalunya a los catalanes. Es una afición tan madrileña como pasear por el Retiro, comerse las uvas en la Puerta del Sol o tomarse unas cañas mirando el mar… en Benidorm. 

Abundan los todólogos en la capital del Reino, especialmente cuando se trata de juzgar con esa condescendencia tan castiza cualquier tema que afecte a Catalunya. Pero volveremos a esta cuestión en el final de esta dicharachera carta.

Lo primero que me sorprende de tu episodio piloto es el cliffhanger que has colocado al final del tuit. Para los que no lo saben, un cliffhanger es un momento de cierto misterio y suspense con el que acaban las series que no son autoconclusivas. What the fuck! ¿Y qué es una serie autoconclusiva? Aquella cuya trama principal acaba en cada capítulo. Como la vida de los Borbones en España, pero sin huidas del país. Pues bien, ese “el segundo dato explica algunas cosas” me ha dejado ciertamente intrigado. Entre otras cosas, porque no sé de dónde sacas el dato. Siendo Vicedecano de Investigación y Dir. del @masterencritica en @FyL_UAM y Presidente del consejo académico de http://ethosfera.org, uno espera algo más de rigor en sus afirmaciones. Si yo te digo que soy CEO del Blog Societat Anònima, headhunter de expertos en la gastronomía japonesa y Presidente del consejo académico de mi cuenta de Netflix, quizás pueda dar el pego a simple vista, pero en una segunda mirada a mi biografía la gente ya se dará cuenta de que lo que pasa es que soy bloguero, me gusta el sushi y no comparto Netflix con mis hermanos. Y conste que no pongo en duda tu currículum, aunque sí te gano en experiencia como catalán. 

Pero vamos al primer dato que ofreces: “El castellano es la lengua más hablada de Catalunya”. Bueno, vale, de acuerdo. Entonces no deis tanto el coñazo con el temita de que los catalanes queremos acabar con una lengua de 500 millones de hablantes. No hemos acabado con el insufrible sonido de una gralla y pensáis que vamos a provocar la extinción del castellano de la faz de la Tierra. Ingenuos. Por lo tanto, una vez establecido que el castellano no necesita ningún tipo de protección en Catalunya, DEJADNOS DE TOCAR LA GRALLA DE UNA VEZ, PESADOS. 

Segundo dato. Afirmas que el castellano es la lengua materna de la población más humilde. Vamos, que hablar castellano es de pobres, como aprovechar los vasos de la Nocilla o robarle el Wi-Fi al vecino de VOX (bueno, eso es justicia poética). Dicho de otra manera, hablar catalán te permite progresar económicamente en Catalunya. Doncs a què collons esteu esperant? Parleu català! Ja veuràs com en un any, miraràs òperes al Liceu, tindràs el teu pis de 500 m2 a Pedralbes i veuràs tots els partits del Godó amb el teu gosset Ayusín al costat. Vine a Catalunya, nano!

Lo de vincular el número de hablantes con los ingresos económicos de las personas lo veo tan tonto como pensar que el anuncio de Tío Pepe en la Puerta del Sol es una manera de parecerse a Times Square. Y es que insinuar la teoría, de una manera tan simplista e impropia de un Vicedecano, que el castellano es de pobres y el catalán es de ricos, sin tener en cuenta el impacto de la inmigración, el reparto demográfico de la población en el territorio o los usos de la lengua en ámbitos tan diferentes como el familiar o el laboral, es tan absurdo como mi teoría de los bocadillos de calamares. ¿Qué no conoces mi famosa teoría de los bocadillos de calamares? Creo que en Madrid coméis bocadillos de calamares porque echáis de menos el mar. Sentir un calamar en vuestra boca satisface el deseo freudiano de remojar vuestras bolitas en el mar. En cada bocata de calamares están los recuerdos infantiles del niño madrileño que jugaba con las olas del Mediterráneo en Benidorm, que cogía el barco para ir a la isla de los Pavos reales y comprobar que es una mierdecilla de isla en la que no hay nada o que disfrutaba del baile de los Pajaritos con la música de una orquesta de hotel enfundada en trajes con brilli-brilli. Los bocatas de calamares en el Paseo “marítimo” de la Castellana cumplen esa función catalizadora de nostalgias del mar. ¿Te gusta mi teoría? Una mierda, ¿no? Pues eso: quid pro quo. 

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