Cosas de mi 90%

Soy hombre, catalán, cincuentón, profesor y nací en septiembre, por lo que en el horóscopo busco lo que dicen de Virgo. A priori, caigo mal. Excepto a otros hombres, catalanes, cincuentones, profesores y Virgos. Los estudios no dejan lugar a dudas: nos atraen las personas que son como nosotros. Sin embargo, tengo un problema: me caigo mal. Me hubiese gustado ser mujer, cantante de blues originaria de Nueva Orleans, tener veinte años y nacer el 29 de febrero, por lo de poder explicar esta anécdota en cada año bisiesto. Y es que, si yo me tuviera delante, vería a un hombre, catalán, cincuentón y, dejando de lado lo del horóscopo, vería a un profesor. Es decir, vería a un tipo que, como es mi caso, lleva dentro de un aula desde el primer día de párvulos (por cierto, al segundo día me escapé del colegio). Esto que te acabo de explicar es cierto. Por esas extrañas circunstancias de la vida, llevo en un aula desde los cuatro años. Es como cuando te emborrachas antes de entrar en una discoteca y te acabas despertando al lado de un señor de Cuenca que no sabes ni quién es, siendo como eres un heterosexual vocacional: una cosa lleva a la otra. 

Soy profesor. Lo sé. Son dos palabras que cuando las juntas provocan una explosión de aburrimiento, asco, repugnancia y carencia de empatía en la persona que te acaba de preguntar: ¿a qué te dedicas? He sentido alguna vez la tentación de decir que por la mañana soy atracador de bancos, mato focas y tiro de la mascarilla a todas las personas con las que me cruzo por la calle, mientras que por la tarde soy profesor. Es probable que, en menos de lo que tarda Froilán en suspender una asignatura, el interlocutor me diga con los ojos abiertos de par en par: ¿eres profesor? No te quejarás. Tienes muchas vacaciones.

Pues sí. Pido perdón por vivir. En condiciones laborales está el rey como gran privilegiado y después los profesores. No lo dudes. Yo, por ejemplo, me paso el día enganchando stickers en clase para que los alumnos aprendan técnicas psicomotrices. Da igual que te diga que lo que hago no tiene absolutamente nada que ver con eso, pero, ya se sabe, el mundo es complicado y en la mente tenemos UNA imagen de profesor. Con suerte no se corresponderá con la del que te puteó con las matemáticas y, con más suerte aún, quizás comprendas que hay tantos perfiles de profesores como prejuicios y estereotipos anidan en tu mente. No cuidamos enfermos terminales, no bajamos a la mina, no somos esclavos sexuales… no nos podemos quejar. Exacto: no nos podemos quejar. Pero soportamos las huelgas de taxistas, maquinistas de la RENFE o el colectivo X porque ellos sí se pueden quejar.

Pero no estoy para contarte mis penas. Si quieres miserias, que te divierta otro. Total, tampoco querrás entenderme. Porque es evidente que la sociedad necesita colectivos para estereotipar. Así, los camioneros son todos unos puteros; los futbolistas son todos millonarios; los actores se pasan el día de fiesta en fiesta; los escritores son unos tipos aburridos sin vida social; los taxistas no saben dónde se halla el intermitente y los cocineros están gordos. ¡Bienvenidos los prejuicios y los estereotipos! ¡Cómo nos facilitan la tarea de entender el mundo! 

No voy a perder el tiempo derribando prejuicios sobre la docencia. Si es tan fácil: hazte profesor. O es que… No, en serio: hazte profesor. No nacimos de un esperma mágico como los reyes. Unos pasaron unas oposiciones después de hincar codos para sacarse unos estudios superiores. Otros fueron fichados por alguien que les consideró interesantes para su proyecto educativo. Pues sí, exactamente igual que en otras profesiones. No somos unos seres privilegiados a los que bajaron de una nave espacial para dominar el mundo desde las aulas. Estamos aquí por méritos o deméritos propios. Como en otras profesiones. Podemos ser buenos, malos, vagos, trabajadores, unos desalmados o Teletubbies dispuestos a mostrar a los niños y jóvenes que el mundo mola mucho. Como en otras profesiones. Y lo hacemos igual de bien o de mal que los padres o madres que consienten que sus maravillosos retoños berreen en un restaurante y corran entre las mesas para enojo del resto de comensales. Porque aquí, todo el mundo es entrenador de fútbol, epidemiólogo y educador.

Me hace mucha gracia la gente que se queja de que los youtubers ganan mucho dinero. ¡Hazte youtuber! ¡Mueve el culo y no te quejes tanto! ¿Tienes un ordenador con web cam y Wi-Fi? Hazte youtuber. ¿A qué esperas? Pues eso: hazte profesor. Intenta hablar de logaritmos, la Edad Media o la pintura de Pollock a personas (maravillosas pero difíciles) que no soportan que un tipo hable durante más de veinte minutos (sobre todo, si al mismo tiempo no baila como la gente en TikTok).

Leí que en esta vida el 90% de cosas que nos suceden las elegimos nosotros y el 10% nos vienen impuestas por las circunstancias. Pues bien, no hagas responsable a nadie de ese 90%. Ese 90% es tuyo. Te pertenece. Eres el resultado en un 90% de tus decisiones. Ya sé que echar la culpa a los demás es fácil, pero qué tal si maduramos un poquito y nos hacemos responsables de nuestro equipaje de fracasos, miserias, obsesiones y carencias. 

Aquí suceden dos cosas: el papel de las redes sociales y las ansias de etiquetar vidas ajenas.

Papel de las redes sociales. Twitter, Facebook, Instagram, etc, etc, etc, promueven las siguientes actitudes cuando te quejas de algo:

  • Tienes el afecto de quien se siente como tú y, con suerte, de quien empatice contigo.
  • Tienes la indiferencia de quien no empatiza contigo.
  • Tienes el rechazo de quien cree estar sufriendo más que tú o el de quien te recuerda que siempre hay personas que sufren más que tú. Hola, @pgorrizlopez, este va con dedicatoria.
  • Tienes la sensación de que quien te quiere ver puteado se lo está pasando en grande.

Y ahora me dirás: es como un bar a las tres de la madrugada. Exacto. La diferencia es que hay menos alcohol en el bar. 

Ansias de etiquetar vidas ajenas.

Imagínate un supermercado sin etiquetas. Solo vemos envases. No hay marcas, no hay etiquetas informándote que eso es una lata de tomate. Complicado, ¿no? Pues así es como convertimos las vidas de personas que no conocemos, en un gran supermercado de etiquetas de colores. Tenemos una imagen en la cabeza. De hecho, queremos tener pocas imágenes en la cabeza, no vaya a ser que nos relacionemos con la complejidad y nos vaya a dar un ictus. Por eso, imaginamos vidas ajenas como quien escribe el guion de una serie. Es entonces cuando, desconociendo las circunstancias personales de cada uno de los seres humanos con sus piernecitas y sus bracitos que se dedican a la docencia, cuántos años de estudio dedicaron para tener el privilegio (lo es) de trabajar en un aula, cuánto tiempo no lectivo ceden a su profesión, cuántos días de vacaciones o de fines de semana emplean para sus responsabilidades, si se forman o no para mejorarse como profesionales, dictamos sentencia: ¿eres profesor? Cuántas vacaciones tienes (y eso que no cuidas a enfermos terminales). Eso sí, viva la clase médica. Coincido contigo en que se merecen mucho más.

Pero volviendo al tema: yo no te conozco. Quizás lees el periódico en el trabajo, o robas bolígrafos, o te masturbas en el lavabo cuando deberías estar haciendo números, o fumas cigarrillos en la entrada cada hora durante diez minutos… ¡Yo qué sé! No te conozco, ergo, no te juzgo. Es así de simple. Por eso, si quieres demonizar a un colectivo de miles de profesionales, si quieres situar a cada uno de esos seres humanos en la vitrina de tu Museo de Estereotipos, adelante. Pero conmigo no cuentes para que también lo haga contigo. Cosas de mi 90%.

PD: he respost en castellà. I?