EL ARTE DE ENCERRAR ESPACIOS

Estimado, o no:

Contextualizo tu tuit para que el lector de este blog se sitúe. El caso es que desde una emisora de radio pública como RNE; es decir, desde un medio de comunicación que también los catalanes pagamos, se han tomado a cachondeo que en las plataformas VOD como Netflix se pueda traducir al catalán series como 오징어 게임, que en inglés es “Squid game”, en castellano es “El juego del calamar” y en catalán sería “El joc del calamar”.  Hecha la aclaración, déjame ahora que te dirija unas palabras, en catalán “paraules”. No sé si la traducción también te ha provocado risa como a los chipirifláuticos de las ondas nacionales. 

Leo en tu cuenta de Twitter que eres arquitecto. La arquitectura es el arte de encerrar espacios, me explicó mi profesora de Historia del arte. Siempre me ha parecido una definición preciosa de lo que otra persona menos poética definiría como “hacer casas”. Imagino que, como arquitecto, debes amar la cultura. Habrás aprendido cómo se produjo la transición del oscuro románico al luminoso gótico, cómo Gaudí se inspiró en la naturaleza para diseñar edificios llenos de curvas o cómo el uso del acero permite tocar el cielo con los rascacielos. Habrás empleado la madera como conexión directa con lo orgánico, con la naturaleza. Y habrás visto cómo Richard Meier o Frank Gehry han atrapado la luz en sus edificios, de puro blanco o brillante titanio. Bueno, algún pufo de Santiago Calatrava también habrás visto. No va a ser todo tan poético. 

El caso es que me sorprende que una persona que a priori ama la cultura, sea tan condescendiente y hasta insultante con personas que defienden la suya. Porque la lengua es uno de los principales vehículos que una cultura y un pueblo tiene para expresarse. Las palabras son instrumentos que esa comunidad lingüística posee para definir su lugar en el mundo. Y eso es cultura. Como la elegancia de Norman Foster o el hormigón de Tadao Ando.

Durante estos últimos once años, cuando empezó el llamado procés, he acumulado una enorme lista de señales que me han hecho sospechar que algo muy grave falla en el Estado español. No sé si la culpa es del sistema educativo o son las consecuencias del aún vivo 1898. Lo cierto es que el único imperio que queda en esta tierra de castillos es un hispanocentrismo enfermizo que imposibilita una correcta lectura del siglo XXI. Cuando la globalización ha llenado las plataformas de series japonesas, danesas o suecas; cuando un grupo coreano como BTS hace bailar a adolescentes de todo el mundo y Murakami se lee tanto en Estados Unidos como en esta Europa con vocación de reivindicarse como la cuna de la cultura occidental, es realmente extraño el atávico menosprecio por la cultura catalana, gallega o vasca que anida en el subconsciente de una enorme masa de españoles. ¿Qué ha fallado para que solo el castellano se considere global y, en cambio, el resto de culturas supuestamente españolas se reduzca a un ámbito folclórico, casi de curiosidad óptica, local y despejable de la ecuación española? 

A los catalanes se nos dice que el nacionalismo se cura viajando. El caso es que (modestia aparte) he viajado bastante y, cuanto más viajo, cuanto más percibo la inmensidad del planeta y cómo el ser humano ha conquistado espacios mentales de libertad, menos entiendo al nacionalismo español. Puedo entender que haya urgencias históricas por construir una idea de nación en un territorio que ha resuelto las disputas a hostias y que tuvo que esperar hasta 1812 para tener su primera Constitución. Pero no entiendo esa vocación cainita y destructora por aquello que se supone que forma parte de una cultura común. Pero si no es común, entonces es que los españoles no son nación y si la cultura catalana no tiene un espacio en el patrimonio común de los españoles, es que los catalanes no somos españoles. Dale vueltas al asunto. 

Ojalá encierres muchos espacios con tu arquitectura. Con tu afición a encerrar culturas en prejucios mentales y menospreciar dignidades ajenas te deseo menos suerte. 

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