¿LA GENTE ES NECESARIA?

Estimado, o no:

¿La gente es necesaria? Depende, ¿no? Al señor Netflix supongo que sí le parece necesaria porque solo los humanos quieren ver series de coreanos morosos que gritan mucho y se matan entre sí. Sin embargo, el día en el que los ornitorrincos se interesen por las series y las películas quizás el señor Netflix cambie de opinión.  Nota mental: hacer una serie sobre ornitorrincos morosos que gritan mucho y se matan entre sí. ¿Pero la gente es necesaria para la existencia del planeta Tierra? Recuerdo que, durante el período del confinamiento mundial, uno de los primeros efectos fue el de la bajada espectacular de los niveles de contaminación. En Shanghái por fin pudieron distinguir las nubes de la gruesa capa de mierda que flota habitualmente sobre sus cabezas. Como los ornitorrincos no estuvieron confinados, creo que no me equivoco si digo que, volcanes y Villarejos aparte, uno de los agentes más agresivos para el planeta es ese ser que mira series de coreanos morosos que gritan mucho y se matan entre sí. Por lo tanto, sospecho que los seres humanos somos menos necesarios de lo que pensamos. 

Supongo que has podido comprobar un hecho irrefutable: nacemos, nos engordamos, perdemos pelo, acabamos de pagar la hipoteca y nos morimos. Eso nos entristece porque va pasando el tiempo y la vida que imaginamos cada vez se parece menos a nuestro presente. Escribimos chorradas en Twitter o en blogs, soñamos con la posibilidad de resultar interesantes para alguien y vemos series de coreanos morosos que gritan mucho y se matan entre sí. Sin embargo, nos convertimos realmente en adultos cuando comprendemos que no somos imprescindibles. Es que imprescindible, lo que se dice imprescindible, no lo es nadie. Yo el primero. Estoy aquí de paso, como quien entra en una discoteca de maduritos en la que suena Rick Astley mientras un tipo calvo le tira la caña a una rubia oxigenada que se parece a Maradona cuando se tiñó el pelo. A mí todo este chiringuito se me antoja absurdo, aunque con una inclinación clara por el humor más surrealista. Nos podemos poner muy trascendentes, leer a Kant y a Hegel, pero toda esta película ya la he visto antes. Por ejemplo, y ya que hablamos de series, creo que el audiovisual ha romantizado o ha convertido en un espectáculo la idea de la muerte. Así, en las series y en las películas, hay dos formas de morir. En la versión romántica el traspasado acaba su vida con una frase lapidaria y, tras un movimiento leve de cabeza, sabemos que ha muerto. La música de violines también ayuda a comprender ese momento. Por cierto, me gusta el verbo traspasar para referirse a alguien que se ha muerto porque parece futbolístico. Me gusta menos lo de “irse al otro barrio” porque crecí en la Zona Franca y el otro barrio eran aún campos. 

Hay otra versión para la muerte cinematográfica: un mar de sangre salpicando a la cámara. Y aún no sé cuál detesto más. La muerte no se parece a las pelis. La muerte es no recordar cuál fue la última frase de quien se marchó para siempre; la certeza de que no vas a volver a hablar con esa persona que tanto querías, el olor a hospital y los sonidos del pasillo; un gotero; la máquina que anuncia ritmos en el cuerpo de quien no quieres que se vaya, pero al que deseas un adiós sin sufrimiento. La muerte es una tormenta de sentimientos que desconocías y que te transforman en un adulto más sabio. 

A mí el rey no me parece imprescindible. Murió el psicópata de Felipe V creyendo que era una rana, Carlos II lo hizo sin descendencia y con su careto de “no sé qué hago aquí”, Alfonso XIII “traspasó” en el exilio y el campechano… Ay, el campechano y su pajarito inquieto, al que según Villarejo quisieron desborbonizar con hormonas femeninas. La lista de reyes que han muerto es muy larga. El mundo sigue girando y ya todo es Historia. ¿Viva el rey? Sí, pero que viva lejos para borrar del inconsciente colectivo que uno es súbdito de alguien. Yo prefiero gritar viva Vermeer, viva Mozart, viva B.B. King y, sobre todo, viva la madre que me parió. Sé que llego tarde y que nadie es imprescindible. Sé que crecer es familiarizarse con los finales, con la última escena, del último capítulo, de la última temporada. Sé que cuando me llegue el momento no pronunciaré una frase lapidaria, no realizaré un leve movimiento de cabeza y no sonarán violines. Pero antes de ese instante, intentaré divertirme lo que pueda imaginando series de ornitorrincos morosos que gritan mucho y se matan entre sí. 

Por cierto, cuando has dicho “guardemos con celo a los reyes de España” me he imaginado esto:

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