La inteligencia te persigue, pero vas más rápido

Estimado, o no:

Uno de los principios de las democracias que peor se han interpretado es el de “todos somos iguales”. ¿Sí? ¿Somos todos iguales? Creo que conviene matizarlo (especialmente en una monarquía). Se trata de un principio que inspira las democracias frente a regímenes autoritarios pero que, en la práctica, es una entelequia (una entelequia es algo irreal. Te lo defino para que no te dé un ictus).

¿Tenemos todos los mismos derechos? Depende. Tú no tienes derecho a pedir visita a un/a ginecólogo/a ya que él o ella no tienen la obligación de meterte el dedo en el culo para saber cómo te cuelga la próstata. Y si se te pone la próstata como una pelota de tenis, puedes acudir al proctólogo o a Roger Federer.

¿Tenemos todos las mismas obligaciones? Tampoco. Ignorantia legis neminem excusat. Significa que el desconocimiento o ignorancia de la ley no sirve de excusa para su cumplimiento. Bueno, vale, intuimos que matar a alguien es delito, aunque no hayamos leído el Código Penal, pero tampoco tenemos la misma obligación de conocer las leyes con la profundidad con las que las conoce un juez. En definitiva, como aspiración filosófica está muy bien pensar que vivimos en una sociedad en la que todos somos iguales pero la vida nos va diferenciando a unos de otros y nos va colocando en un lugar que será una mezcla de aquello que hemos elegido y de todo aquello que se nos ha venido encima sin haberlo buscado.

¿Son todas las opiniones iguales? No. A mí jamás se me ocurriría discutir sobre la vida del escarabajo pelotero con un experto. Y si me dice que cada día arrastra bolas de excrementos que superan doscientas veces su peso, me lo creo (vaya vida, por cierto. Parecida a la que arrastra cualquier corrupto español).

¿Conoces la palabra magufo? Al parecer, proviene de la unión de la palabra mago y ufólogo. Fue inventada en 1997 por Xoan M. Carreira en una lista de correo llamada Escépticos. Se refiere a aquellas personas que propagan o promueven discursos contrarios al pensamiento crítico y a la ciencia, como pueden ser la homeopatía, la astrología, ufología o cualquier otra pseudociencia que no pueda demostrar su validez. Entonces, ¿tiene la misma validez la opinión de un científico que la de un magufo como Miguel Bosé, cuya mayor aportación al pensamiento universal es cantar “Don diablo que es muy cuco, siempre sale con el truco del futuro colorado, colorín”? Pues no. Rotundamente no. Las opiniones tienen el valor de las personas que las formulan, entendiendo como opinión el proceso racional de documentarse, asociar ideas, reflexionar y emitir un pensamiento crítico. Me sudan bastante mis bajos fondos que mis opiniones te interesen bastante. Sin embargo, no me pidas que distinga a una persona que coloca las tildes al azar, de sus opiniones. Porque, ¿sabes qué sucede? Que mientras muchos estabais en el bar mirando los círculos que dejan las cervezas en la barra, otros hacíamos codos para formarnos y aportar algo más a la sociedad que tuits sin concordancia entre sujeto y predicado. Y ya basta de utilizar la ignorancia como una excusa. La ignorancia es una elección. Porque se puede estudiar, leer, viajar, ir a museos y documentarse o se pueden buscar coartadas.

No somos todos iguales, ni todos sabemos lo mismo, ni todos podemos opinar sobre todo, ni todos formulamos opiniones con el mismo valor. Como diría Sandro Giacobbe: “lo siento mucho. La vida es así. No la he inventado yo”.  

Y es que con alguien que escribe este tuit, ¿de qué se puede hablar? ¿De la teoría epistemológica de Kant? Pues quizás sí. Él decía que la razón es la condición necesaria para fundamentar la acción humana, la ética y la política. Y si lo dijo un tipo del siglo XVIII y se sigue estudiando en los institutos, debe ser que hay algo de verdad.

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