Escribir desde el odio o escribir desde la rabia @janogarcia_

Estimado, o no:

Voy a llegar al final de este texto con una sensación de victoria porque creo que es la mejor manera de alcanzar la última palabra de cualquier texto. Tengo ganas de, como decimos en Catalunya, “buidar el pap”, de dejarlo ir, de quedarme relajado después de escribir lo que voy a escribir. No voy a rebatir tu teoría porque es más inconsistente que un condón de gelatina. Suele suceder cuando el sociólogo que llevamos dentro, alimentado por la comida hipercalórica de los estereotipos y los prejuicios, saca el cuello y vomita sus detritos intelectuales. Pero sí que voy a escribir desde la rabia, lugar maravilloso que te permite ser sincero y sin ningún tipo de barrera social. Es un territorio, el de la rabia, en el que se viaja ligero de equipaje, despreocupándose del qué dirán, desnudo de cualquier actitud políticamente correcta.

Tú escribes desde el odio (a los catalanes) y yo escribo desde la rabia. Es lo mismo, quizás pienses. No, cariño, no es lo mismo. El odio es destructivo y la rabia es reactiva. El odio es obligar a alguien a que adopte tu identidad, la rabia es la respuesta a esa injusticia. Yo escribo desde la rabia porque no quiero obligar a nadie a que viva en Catalunya o a que se sienta catalán, pero tampoco quiero que me obliguen a asumir situaciones que no he firmado (entre ellas, la Constitución). Tú, en cambio, escribes desde el odio porque quieres obligar a los catalanes a que vivan en España, a que SEAN españoles. ¿Entiendes la diferencia? No creo. Para entender la diferencia se ha de tener muy claro en esta vida que nadie pertenece a nadie y que las formas en las que las personas crean asociaciones, empresas, clubs o espacios de organización social o política (como es un Estado) solo pertenecen a los ámbitos de libertad de esas personas. Sé que la historia ha demostrado que los grandes cambios se obtienen cuando los seres humanos resuelven conflictos aplaudiéndose la cara o intercambiando balas o explosivos. Aún pertenezco a esa vieja estirpe de soñadores que creen que los conflictos se pueden resolver de otra forma, de la misma manera que creo que los conflictos no se resuelven cuando una de las dos partes prefiere el silencio y la sumisión ante lo establecido por muy injusto que sea.

Me gustaría hablar de “movimiento unionista”. Sin embargo, se me hace harto difícil hablar de movimiento cuando lo único que se mueve son las porras de policías, el ridículo judicial en Europa y los capitales y/o eméritos que se fugan a paraísos fiscales u hoteles de lujo. Por esta razón, no hablaré de movimiento (en un contexto 100% español ya lo hizo Franco con el resultado inmovilista que conocemos). Hablaré de “quietud unionista”. Porque cuando uno posee el statu quo y una maquinaria represora detrás, con quedarse quieto ya es suficiente. Hablaré de quietud entre otras cosas porque así veo a España, un territorio ultraconservador, conformista y castrador. Un lugar en el que los jóvenes cada vez tienen menos oportunidades, pero al mismo tiempo se les educa para que su única revolución sea desenredar el cable de los auriculares. Como en todas las sociedades injustas hay unos privilegiados, que evidentemente no quieren perder sus privilegios, y unos castigados por el sistema. Es entonces cuando se mueve la banderita y los peones protegen al rey. Y así surge el “virgencita que me quede como estoy”. Y se acude al fantasma de la guerra civil, de un sistema de pensiones que siempre está en peligro o de un enemigo interior. Es aquí cuando los catalanes funcionamos de maravilla en el imaginario colectivo unionista. Además, no sé si es a causa del seny que nos autocensura o esa tendencia a “pedir perdón por vivir”, los catalanes nos hemos formado en una actitud de “pon la otra mejilla”, “no quemes un contenedor” y “no les des la foto que buscan”. Y así nos va.

Sé que en España hay sectores de la sociedad que rechazan el racismo, la xenofobia, el machismo o la homofobia, lo cual es positivo. Sin embargo, cuando hay un catalán en ese espacio público, queda en suspenso cualquiera de esos valores. Es entonces cuando se abre la veda. Tu tuit es un buen ejemplo de cómo lograr likes en las redes sociales. Cagarse en los catalanes funciona, arrastra a esos sociólogos alimentados de estereotipos y prejuicios. Podrías decir que no te refieres al movimiento independentista catalán. Si eres realmente un escritor, sabrás que en comunicación es muy importante el contexto y es más que evidente que te refieres al movimiento independentista catalán. Así que no insultes nuestra inteligencia negándolo. Podrías decir también que no es un tuit contra los catalanes y que tu objetivo solo es atacar el independentismo. Pero Freud nunca engaña, ya que para dar fuerza a tu circuito de recompensa en forma de likes has sacado el tema de la lengua. ¡Ay, el catalán! ¡La única lengua del mundo que se habla para joder a los muy españoles y mucho españoles! Qué poder tiene el catalán. 6000 lenguas en el mundo y es la única (además de gallego, euskera o asturianu) que al parecer no sirve de nada. Da igual que tenga más hablantes que el danés, el croata, el noruego o el finlandés. Es catalán y tiene esa habilidad sonora o escrita de provocar la segregación de bilis mental.

Llegado a este momento voy a soltarme del todo, a dejarme ir, a buidar el pap. Voy a decir en qué momentos la “quietud unionista” me provoca vergüenza ajena. ¿Preparado? Abróchense los cinturones.

Me provoca vergüenza ajena que habléis de “burguesía catalana” como si no hubiese más burguesía en otros territorios. ¿No hay burguesía en Madrid o en Sevilla? ¿Seguro? ¿Acaso Florentino Pérez es Che Guevara con una constructora? ¡Ay, la burguesía madrileña! Ese laísmo incorporado de fábrica. Las señoronas franquistas que arrastran la laca suficiente para inmovilizar a un ejército de piojos que aún siguen en la lucha. ¿Y ellos? Hay tanta caspa en sus hombros que se podría rodar una serie de narcotraficantes. Después están los cachorritos adolescentes, con sus jerseys en el hombro y ese ombligocentrismo tan castizo, afiliados a Nuevas Generaciones y adoctrinados en la unidad de la patria y la monarquía. Han participado ya en el concurso “Qué es un rey para ti”. Habrán dibujado cientos de banderas españolas en sus deberes escolares. Niños peinaditos y niñas con el lacito de rigor y el vestido blanco de domingo. Ken Pepero y Barbie chulapona. ¿Y nos llamas paletos urbanitas?

También me provoca vergüenza ajena el 12 de octubre. Ese desfile militar, esa glorificación del único nacionalismo que entendéis, el nacionalismo con ejército. Todos al mismo ritmo. Pasodobles y música militar (otro oxímoron más para la colección). El rey de turno con la cara seria. La cabra. ¿Qué decir de la cabra? ¿Se puede ser más cutre en esta vida? Disfrazar a una cabra como si fuese un animal Disney. Solo le falta cantar y bailar alguna canción cursi.

El 12 de octubre. La celebración de un genocidio. Lo siento por Colón y el resto de marineros, pero un naufragio a tiempo habría hecho de España un país más humilde y, en consecuencia, más humano y sostenible. España, un Estado que no ha aprendido a ser nación porque lleva en su manual de instrucciones el sometimiento y la represión.

Y aún hay más: el supremacismo lingüístico, la soberbia, el arte de la tergiversación y la manipulación, el monólogo que ya dura más de 300 años, la incapacidad atávica para negociar, la matanza de animales a la que llaman cultura, una colonización que no se basó en el comercio sino en el expolio, la falta de autocrítica, la habilidad para desplazar la culpa hacia enemigos exteriores o interiores… Sí, tengo mucha rabia porque he viajado. He visto otras sociedades y no quiero vivir con heridas de batallas en las que no participé.

¿Es posible vivir sin ser nacionalista? Por supuesto. Pero eso solo sucede cuando no tienes encima el peso de un nacionalismo que quiere acabar con tu identidad porque solo cabe la suya. Un nacionalismo extraño, el español. Con los ingredientes de un pasado romantizado hasta el coma diabético, cocinado por cuarenta años de dictadura y adornado por un régimen construido sobre una farsa de una Constitución escrita bajo presión y la anulación de otras naciones.

Pues ya está, he llegado al final del texto. No pido a nadie que le guste lo que he escrito. Pero a cierta edad la vida se hace urgente y la rabia en forma de palabras puede ser liberadora. Sé que cagarme en tu puta vida habría sido más directo y breve pero, qué quieres que te diga, me gusta escribir. Nadie es perfecto.

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