Considérame cliente de España

Estimado, o no:

En la cartera tengo varios carnets. Por ejemplo, está el carnet del supermercado, el de la gasolinera y el DNI. El del supermercado lo uso con mucha frecuencia. Como buen miembro de la clase media, además de ser consciente de que la Historia se olvidará de mí (gracias, Douglas Coupland) y de incorporar los vasos de cristal de Nocilla a la vajilla, aprovecho los descuentos. Lo mismo me sucede con el carnet de la gasolinera. El DNI lo uso poco. Además, es un documento mentiroso porque se llama “de identidad” cuando mi identidad es mucho más completa y compleja de lo que asegura esa tarjeta de plástico. Lo mismo sucede con el verbo ser. Es seguramente el verbo más filosófico de los que existe (además de defecar. No me digas que no hay nada más metafísico que expulsar los demonios del cuerpo).

Tú dices que soy español. Error. Uno es bajo, alto, zurdo, diestro… Pero ser, no siempre resulta una categoría inmutable, eterna e irreformable. Seguramente por esa razón incorpora el castellano (y otras lenguas como el catalán) un matiz como es el verbo estar. Y es que yo creo que llevamos años traduciendo mal a Shakespeare. To be or not to be debería traducirse como “estar o no estar”. Porque lo que averiguaremos después es si Hamlet está o no lo suficientemente cabreado con su madre y con su tío. Uf, se me ha ido el texto. Te estaba diciendo que tú afirmas que soy español. Y yo te digo que en la cartera llevo varios carnets como, por ejemplo, el del supermercado, el de la gasolinera y el DNI. Por eso, considérame cliente de España. En mi nómina cada vez me descuentan una cantidad que se supone va a parar a las arcas del Estado. ¿Tengo o no derecho a exigir? Lo que sucede es que el servicio que proporciona es claramente deficiente. Para demostrártelo, te voy a hacer una pequeña reflexión.

Estamos en una época de Big data. Cada día, las empresas que quieren resultar competitivas, intentan acumular una enorme cantidad de datos, no solo sobre sus clientes, sino sobre sus posibles clientes. Por esta razón nos envían encuestas, te hacen rellenar tus datos en un formulario para participar en concursos, hay un servicio postventa que se interesa por tu satisfacción… España, en cambio, no. España envía 9000 policías dando hostias para evitar que sus clientes opinen sobre la posibilidad de abandonar el pésimo servicio de la empresa más grande que controla sus vidas, que no es sino el Estado. No solo eso. Te mete un 155, te organiza unas elecciones sin haberlas pedido, deja que se presente el candidato al que quieres votar, pierde las elecciones en favor del candidato que has votado y, finalmente, lo inhabilita. ¿Qué empresa mínimamente racional haría eso? Hola, cuquis, os vamos a hacer una encuesta para saber el sabor de helado que más os gusta y el que gane lo retiramos del mercado.

Parafraseando a El último de la fila, mi patria está en mis zapatos. De hecho, voy más allá. Mi patria es donde mi teléfono móvil se conecta automáticamente al Wi-Fi. Y a mí, en Quintanilla de Onésimo, ni se me conecta, ni se me conectará. Con eso trato de decirte que tú eres libre de ponerte una banderita en el perfil de Twitter o de ir a trabajar como el tipo de la foto.

Pero ya no eres tan libre de imponer identidades a los demás. Porque, si por “ser español” te refieres a ciertos sentimientos patriótico-nacionalistas-festivos, bórrame de tu lista. Yo me siento catalán. Así me sentiré toda la vida. Y, por lo tanto, soy catalán (además de otras muchas cosas que quizás no desestabilicen tanto tu pandereta sentimental).

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