El odio @jwm_twittor

Estimado, o no:

Es odio, rencor, inquina. Es desprecio, antipatía, animadversión. Es un rechazo atávico que se ha desplazado por el tiempo durante siglos, sigiloso a veces, escandaloso en otras. Pero es un odio que, aún cambiando de forma, ha ido adaptándose a cada nueva década, escupiendo su bilis en toda oportunidad y tejiendo nuevas redes de más odio del que alimentarse. Odio come odio.

Ese odio es vuestro motor vital, vuestra razón de ser, vuestro único consuelo en un mundo que cada día os olvida más y más. Porque el odio es universal pero no es sostenible. Las sociedades inteligentes no quieren odio ya que oxida convivencias, destruye puentes, separa pueblos.

El odio se mueve como el agua en un día de lluvia, impregna cada centímetro de la piel, inunda los espacios sin pedir permiso. Y lo hace para instalarse y gobernar sin gobernarse. El odio inventa infiernos y los transmite como si fuesen verdad. El odio corre veloz en busca de nuevas víctimas que quiere calladas, sumisas, obedientes.  Es rabia y también ira. Es impotencia. Es un complejo de inferioridad en un castillo lleno de fantasmas.

Al final, la vida no es lo que recuerdas sino lo que olvidas. Y de ese objeto de odio que llena tus vacíos y tus carencias no recuerdas sus virtudes. O quizás es que no te han enseñado a apreciarlas ya que desde pequeño te han domesticado en su negación. Pero es odio. Un odio enfermizo, irracional, sin argumentos. Porque al odio no le hacen falta argumentos. Lo que necesita son excusas. Anécdotas convertidas en categoría, viejas leyendas jamás probadas, manipulaciones burdas e interesadas. De eso se nutre el que odia.  De mentiras que son estereotipos, de estereotipos transformados en prejuicios y de prejuicios que acaban siendo la gasolina de la marginación. Y da igual si el objeto del odio es un homosexual, un inmigrante o un catalán. Mejor dicho, en España el delito de odio contempla la homofobia y el racismo pero no la catalanofobia. Eso explica muchas cosas.

Es odio a Catalunya, a su cultura, a su lengua y a los catalanes. Es rencor, inquina, desprecio, antipatía, animadversión. Es un rechazo atávico a la nota discordante en la sinfonía de un relato monolítico. La sagrada unidad del pentagrama, el destino en lo universal, la patria común de la batuta del viejo castellano que nos dice cuándo debemos sonar. No es un segundo antes o un segundo después. Debe ser cuando él lo diga porque para eso ha ganado guerras. Y ahí está el odio a la diferencia, sonando como única música posible cuando el silencio es doloroso.

Pues sí, es odio. Resentimiento, aversión, tirria. Eres mío y de nadie más. Y debes ser como yo quiera porque no eres nada sin mí. Tu historia es mía, tu cultura es mía, tu lengua es mía. Eres mío, siempre, en todo momento y bajo cualquier circunstancia. Lo dice el rey, la Constitución, el Supremo o el vocero en prime time. Pero es odio y cada vez menos disimulado. El odio se empodera cuando el afecto se ha escondido bajo una gruesa capa de condescendencia.

Tengo por costumbre alejarme de los lugares en los que me odian. No es miedo. Es dignidad.

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