Los salvapatrias

Estimado, o no, “periodista”:

Como diría el gran sargento Arensivia: “de lo creadore de no cha de mesclá política y deporte, ahora llega, ¿tú te chiente epañó, o qué?”. Y es que resulta que los periodistas deportivos os interesáis por los sentimientos de los jugadores de fútbol. ¿Acaso eres su pareja? Es que te has puesto en modo “dime que me quieres, dime que me quieres, tú no me quieres, dime que me quieres”. ¡Qué cosa más empalagosa es el nacionalismo español! ¡Cuánto azúcar en vena! ¿Cuánta cursilería mezclada con patrioterismo low cost!

Yo sabía que a los jugadores de fútbol les hacen tests PCR para saber si tienen COVID. Lo que no imaginaba es que también tenían que pasar tests de “sentimientos españoles”. Porque lo de sentirse español, exactamente, ¿en qué consiste? Me debo estar haciendo viejo pero yo es que me siento de muchos sitios. Tranquilo, no voy a empezar con el rollo “ciudadano del mundo” porque eso lo dejo para los equidistantes (léase, falsos progres que después son más fachas que el frenillo de Aznar). Pero es que cuando uno ve cine francés y series británicas, come sushi, veranea en Croacia, lee a Murakami y escucha a Springsteen, llega un momento en el que te la soplan bastante los salvapatrias. Porque voy a hacerte tres preguntas:

  1. ¿Te habrías interesado por los sentimientos patrióticos de un jugador andaluz, murciano o extremeño?
  2. ¿Le hiciste esa pregunta a Rafa Nadal cuando la Agencia Tributaria obligó al “españolísimo” tenista a cambiar su domicilio fiscal del País Vasco a las Baleares”?
  3. ¿Le harías esa misma pregunta a su campechana majestad?

Los sentimientos, la gasolina de canciones, poemas, novelas, películas, abogados especializados en divorcios… Dice el diccionario de la RAE que sentir es “experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas”. Es decir, aquello de “no hay nada más doloroso, no hay nada más inhumano, que pillarse los cojones con la tapa del piano” es, en el fondo, una apelación a los sentimientos. Ya sé que no daría para una canción de Eros Ramazzotti pero si hablamos de sentimientos, estos también debería tener cabida en la rueda de prensa de la selección española de fútbol. Quiero decir con esto que interesarse por lo que siente un jugador de fútbol que tiene una lesión, es un eterno suplente o ha sufrido un accidente doméstico con la tapa de un piano parece más procedente que interesarse por ese constructo social como son los sentimientos nacionales. Y es que aquí hay dos problemas. El primero es la existencia de selecciones nacionales en el deporte. ¿Por qué compiten los Estados entre sí? Además, se nos ha repetido hasta la saciedad que no se debe mezclar el deporte con la política. Y nos lo dicen los que llaman “del rey” a su Copa o los que llevan banderas españolas y exaltan la supuesta “nación” española en cada triunfo de la selección. ¿Eso no es política? ¡Viva la doble moral!

El segundo problema es que este país, que cree que es moderno por haber editado la Constitución en ebook, sigue anclado en una dinámica ultranacionalista que, además, tiene la costumbre de asfixiar otras identidades nacionales en vez de asimilarlas y apostar por la diversidad. Porque, ¿qué hubiese pasado si Laporte hubiese dicho que se sentía vasco? Ya te lo digo yo: Twitter explota y mañana las portadas de la central lechera tendrían más fuegos artificiales que el 4 de julio en Estados Unidos.

Pues eso, yo que no soy Laporte, sí que te voy a responder: no me siento español. Si a sentirse español te refieres a creer en este proyecto de sociedad en el que hay periodistas como tú que parecen ejercer de porteros de discoteca en modo “tú sí, tú no”, a experimentar orgullo ante la presencia de símbolos españoles y a defender a España allende los mares… pues va a ser que no. No, para nada. Huelga decir que sigo pensando que España es un Estado que no sabe ser nación. Y preguntas como la tuya no hacen sino darme la razón.

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