Piensa mal… y pensarás mal

Estimada, o no:

Dentro de los ordenadores hay chips, dentro de los bocatas de chorizo hay chorizo y dentro de cada español hay un sociólogo que decide salir siempre que la ocasión le permite hacer juicios de valor sobre el mundo. Sin datos, sin encuestas, sin aportaciones históricas y sin más referencia que su marco mental, el sociólogo emerge con la mirada de un suricato y su giro de cuello para opinar sobre cualquier tema que se precie. Se trata de una especie de deporte nacional sobre el que hay competiciones frente a la máquina de café de la empresa, dentro de un ascensor o en las cenas familiares. Al final, todos opinamos sobre todo (lo cual está muy bien) pero no todos nos documentamos sobre lo que decimos (lo cual no está tan bien).

El sociólogo que llevamos dentro necesita gasolina para que funcione su estrategia. Y qué mejor gasolina que la demagogia. El término procede del griego antiguo ya que demos significa pueblo, y ago, dirigir. Así, su significado literal sería “conducción del pueblo”. En modo borrego, para que nos entendamos. Según Max Weber, con el fin de conquistar el poder, se apela a los sentimientos y emociones de los electores, se realizan promesas vacías e, incluso, el demagogo emplea el engaño y la mentira. La demagogia viene a ser como una tarjeta de crédito o como el pecado desde el punto de vista cristiano: disfrutas ahora pero pagas más tarde. Porque la demagogia no es sostenible. Tarde o temprano la demagogia regresa para recordarte que los sentimientos y las emociones cambian y que las promesas vacías, los engaños y las mentiras tienen la fecha de caducidad en el envase.

Pero la demagogia no es tonta. Responde a una estrategia inteligente que consiste en realizar afirmaciones que son difíciles de contrastar. Por ejemplo, cuando afirmas que los catalanes lo que tenemos es envidia porque no somos la capital de España, ¿en qué te basas? ¿Has hecho alguna encuesta? ¿Has leído algún estudio serio que lo afirme? ¿Has visto alguna manifestación en Catalunya en la que se afirme que queremos ser la capital de España? ¿O simplemente se trata de catalanofobia que responde más a fantasmas personales que a la verdad?

Todos contaminamos nuestros juicios con determinadas percepciones sesgadas que no hacen sino reafirmar lo que ya pensábamos con anterioridad. Si Miguel Bosé cree que la COVID no existe, buscará informaciones que den validez a sus esquemas. Si los terraplanistas creen que la Tierra es plana, se rodearán de otros terraplanistas para sentir que su visión es la correcta. Y si los catalanófobos creen que los catalanes somos una molestia en su concepción del mundo, escarbarán en nuestra psique colectiva para confirmar sus sospechas. Negarán, obviamente, aquello que convierte a Catalunya en un motor económico, social y cultural importantísimo para el país que no le deja opinar sobre determinadas cuestiones. ¿La teoría es que lo peor de Catalunya es culpa de los catalanes y lo mejor se debe a su pertenencia a España? ¿Es eso o estoy siendo demagogo?

Debo decirte que, como catalán, jamás me he sentido más psicoanalizado que en estos últimos once años. Se nos ha puesto en el diván del nacionalismo español para someternos a un análisis pormenorizado de nuestra Historia, nuestra cultura, nuestra lengua o nuestra atávica vocación por el autogobierno. Y siempre con la demonización como ingrediente principal. Sé que no servirá de nada, sé que no harás el más mínimo esfuerzo por informarte, por saber cuáles son los anhelos de esas 2.044.038 personas que el 1 de octubre de 2017, teniendo en contra la desmedida violencia policial, dejamos muy claro lo que queríamos: un nuevo Estado que no vuelque en nosotros sus fantasmas y sus obsesiones.

Ahora tu marco mental rechazará los resultados del 1 de octubre. De acuerdo, pero es que el pasado 14 de febrero el 52% de los electores dimos apoyo a tres partidos independentistas. ¿No será que, en realidad, quienes sueñan con ser la capital de España es el otro 48%? ¿No tengo derecho a pensar que esa envidia de la que hablas la tiene, por ejemplo, Alejandro Fernández? Ahí lo dejo. En cuanto a lo de que somos tontos y tenemos poca gracia… en fin.

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