Consejos doy que para mí no tengo

Estimada, o no:

Hace años decidí tomarme las muestras del nacionalismo español con un cierto sentido del humor. Son tantos los momentos hilarantes que me ha proporcionado (cabras disfrazadas, paracaidistas contra farolas, aviones que dibujan en el cielo la bandera de Austria) que no puedo sino agradecer su tendencia al absurdo. Por eso, antes de analizar tu teoría sobre las identidades, déjame que empiece con un chiste de psicólogos:

Dos amigos con problemas de enuresis nocturna (se hacían pipí en la cama) deciden ir al psicólogo. Pedro escoge un terapeuta cognitvo conductual y Antonio uno experiencialDespués de unos meses se reencuentran en una esquina.

Antonio: ¡Pedro!… ¿Cómo éstas de tu problema?

Pedro: Estoy perfecto desde que voy a terapia. Todo gracias a que cada vez que me orinaba, sufría una pequeña descarga eléctrica por un aparato que me dio mi psicólogo que está investigando casos como el mío. Desde la tercera descarga no volvió a pasarme nunca más. ¿Y tú cómo vas?

Antonio: ¡Excelente!… Me orino todas las noches, pero no me importa porque aprendí a quererme tal cual soy.

Lo sé. No hace gracia. Pero era una manera diferente de acercarme al tema que me ocupa: la psicología. ¿Sabes cuántos psicólogos se necesitan para cambiar una bombilla? Uno. El que le diga a la bombilla que es ella la que debe cambiar. Dos chistes sobre psicología que no hacen gracia (especialmente si eres psicólogo). Lo siento. En todo caso, reivindico la psicología. Dar respuesta a las incongruencias de la mente no resulta una tarea sencilla pero sus tratados son auténticos mapas sobre la condición humana. En mi modesta opinión, Shakespeare y Freud nos dieron muchas pistas sobre nuestras miserias. Shakespeare habló de la ambición, del poder o del amor y Freud habló de lo mismo, pero poniendo nombres científicos. Por ejemplo, “proyección psicológica”. Básicamente consiste en atribuir a los demás las propias virtudes o defectos. No tengo nada en contra de que a mí me atribuyan las virtudes de los demás. Especialmente, si ese otro hace publicidad de cápsulas de café. Pero que me atribuyan los defectos de los demás me toca un poquito más lo que vendrían a ser mis Clooneys. No sé si me entiendes. Pero analicemos tus tuits:

“La creencia de que la lengua dota a sus hablantes de una comunidad de identidad es parte del núcleo intelectual del nacionalismo”. La frase está bien escrita, como puede estarlo la frase: “si se coloca una rebanada de pan en una tostadora, el calor que genera la resistencia provoca la disminución del contenido de agua del pan, lo que acelera su evaporación y la aparición de un ligero color tostado”. Pues sí, efectivamente, tu tesis es cierta pero en parte ya que las naciones no basan su existencia solamente en la lengua (pregunta a los argentinos si se sienten formar parte de la nación española). Si nos vamos a la tercera acepción de la palabra nación del diccionario de la RAE veremos que nos dirá que nación es un “conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”. Es más, si miramos la definición de nacionalismo en el mismo diccionario veremos que en su primera acepción dice: “sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia”. Y en la segunda acepción: “ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado”. El diccionario de la RAE, sin embargo, no da carnets de nación. De hecho, ni la ONU da carnets de nación. Porque la nación no deja de ser un constructo que los grupos humanos se han inventado para hacerse valer como partícipes de una identidad común. Y sí, muchos catalanes sentimos que no formamos parte de la nación española (si es que existe) pero sí nos sentimos formar parte de la nación catalana (que muchos negáis. Empate a uno). Otra cosa son los Estados. Y aquí sí que hay un ordenamiento jurídico y una soberanía que deben reconocer los demás. ¿Te suena Kosovo? Pues eso. Hace unos días la selección española de fútbol jugó un partido contra su selección. Lo digo por si te da alguna pista sobre el hecho de que muchas naciones han conseguido ser Estados. Ponte 1898 de PIN en la tarjeta del banco para recordarlo.

Por lo tanto, la ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado es eso, una aspiración. Algo a lo que se aspira, algo por lo que se lucha, algo que mueve a multitudes en favor de un futuro diferente. Y aquí es cuando tu última afirmación entra en contradicción con la primera en un caso flagrante de proyección psicológica: “Estamos hablando de España y quienes aquí vivimos tenemos una lengua común, además del derecho y el deber de conocerla”. Traduzco: como España es un Estado-nación y vosotros, catalanes, vascos, valencianos o gallegos, sois solo una nación, chincha-chincha porque mi nacionalismo vale más. Haber ganado la guerra”. ¿Cuál de ellas? “La que sea”. Y es así como se establece la gran diferencia entre nacionalismos porque no todos son iguales. El nacionalismo de Gandhi (nación india) o Luther King (nación negra) era “querer ser”. El nacionalismo de Hitler o Franco era “tú serás lo que yo quiero que seas o, incluso, ni siquiera serás porque tuviste el capricho de practicar la religión judía, la homosexualidad o tener ideas de izquierda”. 

¿Captas la enorme trascendencia de tu marco mental? ¿Captas que lo que quieres es que los demás no puedan ser lo que quieran ser y tú, en cambio, puedas ser lo que te dé la gana porque detrás tienes un Estado que, si es necesario, emplea la fuerza para evitar disidencias? Pues así estamos en pleno siglo XXI. Así se demonizan los nacionalismos llamados periféricos y se niega el peor nacionalismo de todos, el español, porque no se basa en querer ser, sino en perseguir a aquellos que tienen otra identidad y quieren ser algo que no se corresponde a ese marco mental. Y no, las leyes cuando niegan identidades no construyen naciones.

Me despido teniendo un recuerdo para Antonio, el tipo que creía ser feliz oliendo cada noche a lavabo de Trainspotting porque, al fin y al cabo, aceptaba su desgracia. Entre unionistas mágicos y equidistantes, en Catalunya tenemos demasiados Antonios. 

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