La insoportable levedad del tacto rectal

Estimado, o no, señor enfadado que me ha bloqueado en Twitter porque, al parecer, no le gusta que un catalán le acerque a la verdad:

De tu tuit solo estoy de acuerdo con la última frase. El resto, huele a ese supremacismo al que los del corazoncito verde del payaso de MicoVOX nos tenéis acostumbrados. Sé que no querrás leer el texto que viene a continuación, pero también sé que alguien te lo hará llegar y que algo en tu ego de muy español y mucho español lo querrá leer. En todo caso, las palabras que he unido después de este párrafo constituyen un ejercicio de pedagogía que viene de esa vocación de docente que tengo y que sueña con la llegada de un día en el que las situaciones más simples puedan formar parte del sentido común.

El diccionario de la RAE dice lo siguiente sobre el verbo discriminar:

1. tr. Seleccionar excluyendo.

2. tr. Dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, de edad, de condición física o mental, etc.

No es discriminatorio que yo no pueda hacerte un tacto rectal. No soy proctólogo y, por lo tanto, que yo haga espeleología dactilar por orificios ajenos es algo ilegal (a no ser que haya confianza y semejante operación no tenga como misión evaluar el tamaño de una próstata. Pero para eso, al menos pido que haya una cena anterior). Por lo tanto, yo no me siento discriminado por no poder hacer tactos rectales, edificios, neurocirugía, reparaciones a un automóvil o pilotar un avión. No tengo formación para eso. No estoy cualificado profesionalmente. 

¿Es discriminatorio que un juez que haya nacido en Quintanilla de Onésimo tenga que comprender el catalán para poder dar servicio a catalanohablantes que tienen el derecho, tal como garantizan la Constitución Española y el Estatut d’Autonomia, de expresarse en su lengua inicial? No. Por supuesto. Sería discriminatorio decir que un juez nacido en Quintanilla de Onésimo no puede ejercer de juez en Catalunya porque ha nacido en Quintanilla de Onésimo. ¿Por qué? Porque eso no se puede cambiar. Él no puede pedir nacer de nuevo, por ejemplo, en Valls. Eso sí, puede aprender a cocinar calçots o a contribuir con su fuerza y equilibrio en levantar un 3 de 10 amb folre i manilles que, por si no lo sabes, es un castillo humano y no la contraseña de mi ordenador.

Las lenguas se pueden aprender. Para eso hay academias y, además, la Generalitat de Catalunya ofrece cursos gratuitos. Aprender catalán no va en contra de ninguna ley física, no ocasiona ictus en los habitantes de Quintanilla de Onésimo, no supone ningún retroceso en la carrera profesional de nadie y no produce el olvido del castellano en el cerebro. Aprender catalán suma, jamás resta. No es una opinión. Son hechos. Como es un hecho que cada derecho de un ciudadano genera una obligación en el Estado del que forma parte. Porque si tú solo tienes derechos y los demás solo tenemos obligaciones, quizás deberías vivir en Disneylandia. Bien pensado, tendrías la obligación de pagar la entrada. Puta vida, nene. 

Por cierto, todas las lenguas son regionales porque se hablan en regiones. Éstas pueden ser más grandes o más pequeñas. Otra cosa es que tengan detrás o Estados que las protejan. El croata, el danés o el noruego tienen menos hablantes que el catalán y aún no he visto a ningún representante del corazoncito verde decir que son “lenguas regionales”. Eso me lleva a la conclusión de que para que dejéis de llamar lengua regional al catalán, lo que necesitamos los catalanes es una preciosa República catalana, un Estado propio.

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