La osomaquia

Estimado, o no:

En primer lugar, quiero dejar claro que este texto habla sobre la tauromaquia. No habla sobre la industria alimentaria, sobre ingerir proteínas animales, la crisis climática, la pobreza en el mundo o la matanza de focas. Digo esto porque es costumbre entre los defensores de la tauromaquia soltar eso de que “bien que comes carne” cuando le intentas hacer ver que ponerse un traje hortera que te marca el paquete, mover un trapo rojo delante de un toro, pincharle varias veces, acabar matándolo, cobrar una entrada por eso, disfrutar viéndolo, retransmitirlo por televisión en horario infantil y vestirlo todo de nacionalismo medieval, es otro debate. Y de eso quiero hablar. En todo caso, me encantaría que todos fuésemos herbívoros. Y si no, recordemos la premisa hippy: don’t walk on  the grass. Smoke it. Eso sí, si los fans de la tauromaquia prefieren torear lechugas (lechuguear), me apunto a ver el espectáculo. Por su forma recomiendo las lechugas iceberg, en todo caso.

Llevamos un año sin tauromaquia. Y la vida sigue. Tampoco en el 2021 habrá Sanfermines y ahí está Pamplona, tan preciosa como siempre. ¿Es posible una España sin tauromaquia? Es posible. ¿Lloraré si se extinguen los toreros? No. Pero si quieren seguir con esa costumbre consistente en ponerse un traje hortera que les marca el paquete, mover un trapo rojo delante de un animal, pincharle varias veces, intentar matarlo, cobrar una entrada por eso, disfrutar viéndolo, retransmitirlo por televisión en horario infantil y vestirlo todo de nacionalismo medieval, creo que deberían renovar el espectáculo. Sé que lo que voy a proponer es un tanto disruptivo pero toda tradición, como toda serie, tiene un episodio piloto. ¿Qué tal si en vez de torear, osean? Me explico. Vi la película El renacido y hay una escena que condensa la esencia de la lucha entre el hombre y la naturaleza. ¿No es eso lo que según los defensores de la tauromaquia contiene belleza en su show medieval? Que lo actualicen y lo doten de emoción. Un oso pardo puede correr con una velocidad de 56 Km/h y alcanza los 600 Kg de peso. Es evidente, además, que debe haber una igualdad de condiciones. Por lo tanto, el torero debe pesar 600 Kg. ¡Qué belleza! Es más, podrían cambiar el diseño del coso taurino. En vez de arena, yo pondría matorrales, árboles, montículos, las crías del oso en el centro para que se sienta amenazado… Lo que vendría a ser un bosque. Y para que los amantes de la osomaquia no echen de menos el nacionalismo español, que suenen pasodobles, que todo esté lleno de banderas españolas y que acudan los VIP’s de siempre: los marqueses de Viejo grande de la polla vieja, las duquesas de Collar grande de la perla franquista y los tipos con voz de carajillo de Soberano. Si algo caracteriza a las sociedades avanzada es su inversión en investigación, desarrollo e innovación. La tauromaquia pertenece al pasado. Bienvenida la osomaquia. Venga, osomacos: a mover el trapito rojo delante de un oso pardo.

Ahora, si queréis podéis hablar de la industria alimentaria, de la crisis climática, de la pobreza en el mundo y de la matanza de focas.  Y no, yo no me pondría delante de un toro, de un oso pardo, de un elefante, de una piraña o de cualquier animal peligroso. Estar en contra de la tortura animal no tiene nada que ver con ser gilipollas. Es más bien al revés. ¿Os parece absurda la osomaquia? Pues exactamente igual es la tauromaquia.

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