Saludo a mis amigos y a mi público

Estimado, o no:

Sumergirse en la tuitesfera es como lo que presumo debe ser la estancia en un puticlub franquista. Y no lo digo porque esté lleno de banderitas españolas, – que también -, sino porque mi imaginación de bloguero que ha venido a divertirse me trae a posibles personajes faltos de cariño que buscan meter la lengua en mundos desconocidos, cuando si algo deberían meter en algún sitio es su culo en una buena biblioteca. Y es que jamás he estado en ningún puticlub franquista (ni siquiera en un puticlub) pero comprenderás que siendo currante, catalán e independentista si algo me salva de la Arcadia rojigualda son la imaginación y la dignidad. Por eso imagino qué es lo que te ha llevado al ejercicio de construir un supuesto insulto uniendo dos insultos. Palerdo, imagino, debe ser la suma de palurdo y lerdo. Siguiendo esa lógica, gililelo, sería el resultado de unir gilipollas y lelo; catonto, el de capullo y tonto; y Pipe el de… ¿Creías que te iba a insultar? No me conoces. Como comprenderás, a alguien que no sabe escribir bien su apellido, obviando ese elemento tan importante como es la tilde, lo único que me apetece es regalarle una alfombrilla de ordenador en modo Mr. Wonderful. 

Insultar es la consecuencia de la incapacidad de la persona para mantener el autocontrol emocional necesario como para poder expresar lo que siente, su opinión o su punto de vista, de una manera adecuada que le dé apariencia de adulto. El insulto es una manera de trasladar las propias obsesiones a otra persona. Por eso, cuando crees que me insultas llamándome palerdo o llamando palerdos al conjunto de independentistas, no solo adjuntas tu psiquis al patio de una escuela de Primaria (caca, culo, pedo, pis, palerdo), sino que expresas una enorme incapacidad para argumentar. 

En el insulto, además, anida el deseo inconsciente de provocar una respuesta en el interlocutor, un intento de que funcione la tercera ley de Newton: actioni contrariam semper & æqualem esse reactionem: sive corporum duorum actiones in se mutuo semper esse æquales & in partes contrarias dirigi. Efectivamente, la he escrito en latín porque en griego la hubieses interpretado como una broma con segundas intenciones. Aunque, bien pensado, ya es una broma con segundas intenciones. 

Por otra parte, el hecho de insultar pretende socavar la autoestima del receptor del insulto. Y como puedes comprobar, el efecto de tu insulto no ha sido ése. Lo que ha provocado es que me siente delante del ordenador y escriba este humilde texto sobre el insulto. Si siguieras este blog, cosa que no te recomiendo porque te sacaría de tu zona de confort y quizás tuvieras que replantearte tu actividad en Twitter, verías que los insultos, el menosprecio, la prepotencia, la xenofobia, el machismo, el racismo y, en general, la toxicidad social lo único que me provocan son ganas de escribir, unir palabras, asociar ideas… crear. Yo no te voy a decir lo que afirmó Evelyn Waugh sobre Proust: “creo que era un retrasado mental”. Tampoco voy a lanzarte a la cara lo que opinó Oscar Wilde sobre George Bernard Shaw: “no tiene ningún enemigo en este mundo y ninguno de sus amigos le quiere”. Pero sí que pretendo hacerte ver que cualquier insulto hacia mí o hacia personas a las que quiero y respeto, lo que me provoca es la necesidad de dar respuesta con asertividad a aquello que considero tóxico desde un punto de vista social. Son tóxicos los discípulos de Dunning-Kruger, los salvapatrias con botijo y los que renuncian a miles de años de herencia cultural en favor del insulto. 

Jamás lo que sale de mi teclado alcanzará la genialidad de Jane Austen pero, al menos, aspiro a que nadie se sienta con el derecho de decirme lo que Charlotte Brönte afirmó sobre ella: “no altera al lector con nada vehemente ni lo molesta con nada profundo: las pasiones le son perfectamente desconocidas”.

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