Pongamos que hablo de Madrid

Estimado, o no:

Te escribo desde 600 Km de distancia para devolverte el interés que tienes por Catalunya. Aunque no he encontrado ningún artículo en la Constitución que obligue a los “muy madrileños y mucho madrileños” a opinar sobre Catalunya los 365 días del año (300 descontando las comisiones campechanas), sí que he percibido cierta dependencia emocional respecto a los catalanes. Y es que, resulta más fácil encontrar una buena novela de Víctor Amela que un solo día sin referencias catastrofistas sobre Catalunya en los medios de comunicación de la capital del Reino de Playmobbing (¿he escrito buena novela y Víctor Amela en la misma frase? Lo siento. Me he equivocado. No volverá a ocurrir). 

En definitiva, quizás ya va siendo hora de que:

  1. Os emancipéis emocional y económicamente de los catalanes (empezad por lo segundo. Puedo aguantar un poco más de lágrimas y mocos en Twitter por culpa de nuestros deseos de independencia).
  2. Seamos los catalanes los que hablemos de Madrid los 365 días del año (200 descontando las comisiones campechanas y el déficit fiscal).

Efectivamente, como sospechabas, empezaré por el segundo punto. Como dice la canción de Sabina: pongamos que hablo de Madrid.

Que antes del siglo XVI, el lugar que ocupan la Cibeles y los bocatas de calamares estaba más vacío que la biblioteca de Kiko Rivera, es de todos conocido. 15.000 habitantes tenía en 1561 cuando a Felipe II le salió de su mandíbula habsburguera considerar que debía ser la capital. Ya sé que son 15.000 veces más que alcaldes tiene Ciudadanos en Catalunya pero no era precisamente un destino para el turismo de masas (¿no había turismo de masas en el siglo XVI? ¿Ni Erasmus? Ups…). Pero no estoy aquí para menospreciar la historia de Madrid como tienen por costumbre los tuiteros que aparecen por este blog. Estoy aquí para hablar de ciertos temillas en justa correspondencia con tu comentario. Por ejemplo, Madrid ha sido la comunidad que peor ha gestionado la pandemia. Recuerdo perfectamente el mes de marzo del año pasado, cuando era un foco enorme de infección, y tanto la presidenta de la comunidad como el guaperas con voz de teleoperador que preside España se negaron a confinar Madrid. Bien, ¿no? “Los virus no entienden de territorios”, se dijo desde la villa y corte. Mientras Europa cerraba fronteras, aquí al parecer teníamos virus inteligentes que no se movían de su zona de confort. Y ahora, en una de sus conocidas ventosidades intelectuales, Ayuso dice que cerrar Madrid en Semana Santa multiplicaría los contagios por la movilidad interna. ¡Tócate los ayusos, Isabel! Pues nada, que según ella los virus son como el monumento del Oso y el Madroño: lo sacas de Madrid y tampoco es para tanto.  

El caso es que me gustaría que en los medios de comunicación patrocinados por el régimen del 78 se hablase más del dumping fiscal de Madrid, de su economía extractiva, del capitalismo castizo basado en las corruptelas o de la España radial que considera que un corredor solo es mediterráneo si pasa por Atocha.

Hoy he visto la serie sobre el caso Nevenka y, dejando de lado la gravedad de los hechos, ¿sabes una de las cosas que más me ha sorprendido de la serie? Lo bonita que es Ponferrada. ¿Y qué quiero decir con esto? Soy boomer. A mucha honra. Durante mi infancia y parte de mi adolescencia, solo había una televisión: la española. Y esa televisión me enseñó que las uvas de fin de año se comían siempre mirando lo que hacían los madrileños en la Puerta del Sol. Vi la Cibeles, la Puerta de Alcalá y el parque del Retiro en incontables películas españolas. El Real Madrid aparecía hasta en la sopa. Y lentamente, poco a poco, sin que nos diésemos cuenta, se fue construyendo un relato en el que Madrid era el origen y el final de todo. Así, nos acostumbramos a que, si un grupo internacional de música realizaba primero un concierto en Barcelona, Bilbao o Valencia, no viéramos la crónica hasta que actuaba al día siguiente en Madrid. Nos acostumbramos a asimilar el verano a los madrileños en Benidorm. Nos acostumbramos a ver en la movida madrileña el origen de la modernidad, cuando la escena musical en otras ciudades era mucho más rica pero, eso sí, invisible para los medios. Y así, lentamente, el resto de territorios fue desapareciendo de los medios y convirtiéndose en algo simplemente folclórico. Y cuando digo territorios me refiero también a temas culturales. Sigue sin normalizarse el uso del catalán, el euskera o el gallego en las televisiones españolas. ¿Ha enviado TVE a algún cantante a Eurovisión con una canción cantada en una de estas lenguas? Se sigue sin poder hablar en una de estas lenguas en la tribuna del Congreso. ¿Razones? No hay ni una que sea sensata. Es… el relato oficial. Por eso, propongo cuestionar el relato oficial, esa visión centralista y que castra al resto de territorios y de culturas. ¿Cuántas Ponferradas nos está negando el relato oficial? Yo creo que muchas. Como dice un proverbio africano: “hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador.”

Una última petición, no recordéis cada día que Catalunya forma parte de España. Podemos llegar a pensar que esa obsesión supura cierto colonialismo carpetovetónico. En todo caso, es tan absurdo como recordar a tu pareja el certificado de matrimonio cuando sus maletas ya están dentro del coche y la petición de divorcio en tu bolsillo. Una última cosa: da recuerdos a todos los franceses que van estos días a Madrid para emborracharse en lo que es ahora el bar de Europa. Allons enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé!

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