Carta a Lucía Etxebarria

Estimada, o no:

Hace muchos años, allá por 1998, cuando todos éramos más jóvenes y la ira no nos había convertido en adultos cabreados con el mundo, cuando las redes sociales tenían la forma de máquina de café en el trabajo o un bar con olor a antiguo, me llegó a las manos un magnífico libro. Venía con el sello de calidad del Premio Nadal y el título de “Beatriz y los cuerpos celestes”. Era una época en la que leía a Douglas Coupland o a David Trueba con la falsa esperanza de escribir algún día como ellos. El tiempo es muy cabrón y siempre nos recuerda que el futuro no es el lugar que nos imaginamos. Lo cierto es que hubo una época en la que también quise escribir como tú, con esa sensibilidad y libertad, con ese lirismo de las primeras páginas de “Beatriz”. 

Pero el tiempo no solo es un cabrón por su malvada habilidad para alejarnos de los sueños. También lo es por su vocación por bajar del pedestal a nuestros héroes. Y de eso trata esta carta.

Dicen que un pesimista es un optimista con experiencia. Yo añadiría que los iconoclastas somos mitómanos con experiencia. Porque crecer es un proceso en el que se aprende rápido a desaprender. Me explico. Es un proceso en el que cualquier anhelo de libertad nace de nuestra capacidad para alejarnos del relato oficial, de lo aprendido, de lo transmitido por generaciones anteriores como si estuviera escrito en piedra. Y ya sabemos que cuando uno escribe en piedra, jamás piensa en el peso que eso conlleva para quienes lo cargan después. A lo largo de los años debemos desaprender para alcanzar cierta autoridad sobre nosotros mismos. Es eso tan freudiano de “matar al padre”.  Y es que soy boomer. Nací en 1967, en pleno baby boom. Crecí con una señora en la tele que trataba a los niños de imbéciles, no sé si en un spoiler de lo que vendría después. Nos inculcaron una España madridcéntrica, en la que siempre las uvas de fin de año debían comerse conectando con la Puerta del Sol. La mayoría de películas españolas hablaban con laísmo y nos enseñaban la capital del futuro reino desde todos los ángulos posibles. Primero nos preguntaron “¿cómo están ustedes?” y después nos dijeron que la Transición fue ejemplar, que el VISAbuelo salvó la democracia el 23F y que la movida madrileña fue el colmo de la modernidad. Freud fliparía. Ahora añado que el tiempo no solo es un cabrón. También es un cachondo de la hostia.

Y es que hoy veo que aquella magnífica escritora que me emocionó, que hablaba de la soledad, de Sylvia Plath, de la búsqueda de la identidad sexual, se ha convertido en una de esas señoronas franquistas de “provincias”, aficionada a la crítica banal y reaccionaria, que dejó la revolución en un plató de televisión basura y la prosa en tuits casposos. Ya solo te queda pasar lista en misa y cotillear sobre con quién veranean los vecinos.

Mi lista de mitos caídos es muy larga. Muchos de ellos proceden del establishment castizo. Aún me sigue costando entender de dónde nace esa obsesión por dar lecciones morales al mundo desde un lugar convertido en sede de la monarquía española por capricho de Felipe II. Un lugar que no había destacado por su comercio o por su vida cultural como Barcelona, Toledo o Sevilla. Un lugar que hoy da mucho sentido a la muletilla “antes todo esto eran campos”. Quizás España sea eso: un constructo, una ficción, el relato de una identidad edificada para que los territorios se unan bajo sangre o bajo semen, bajo guerras o bajo matrimonios de conveniencia entre familias reales.

Pero si a algo estoy agradecido al proceso independentista es al hecho de que haya provocado la caída de las caretas de una vez por todas. Ha acabado la función, se han encendido las luces y los actores se han mostrado tal como son. El fascismo sigue soltando la misma mierda dialéctica de siempre pero ya no esconde su particular concepción de la democracia, la libertad de expresión depende de quién la usa, las urnas se rechazan con violencia cuando la pregunta incomoda y la corrupción se acepta bajo la castradora disonancia cognitiva de “pues no estamos tan mal”. ¿Y la izquierda española? Tan pusilánime como siempre. Tan de izquierdas para unas cosas y tan reaccionaria cuando el tema se centra en la supuesta nación española. 

En fin, Lucía, muy mal vamos si tu feminismo pasa por un análisis de los peinados. Poca literatura hay en tus dedos si los grandes temas del ser humano que aparezcan en tus obras los puede resolver un peine.

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