El síndrome del carrito de supermercado en la izquierda española

Estimada, o no:

Afirma una teoría muy peliculera que todos tenemos un doble en el mundo. Se trata de una teoría que me genera una cierta inquietud. Más que nada porque si a algo aspiro es a no encontrarme a mi otro yo jamás. ¿Y si es un multimillonario que vive en una mansión de Beverly Hills mientras yo estoy aquí con mi DNI español, viendo cómo se hunde este país de rotondas que vienen con comisión y supermercados que riman con ona? Ya sabes, de esos en los que cuando compras carne y la fríes te sale una piscina en la sartén. El problema se produce cuando tu otro yo ha decidido ser okupa de tu cuerpo. Entonces uno debe intentar vivir con una cierta coherencia estableciendo pactos tácitos entre ambos. Y es que veo difícil que te guste el café y lo odies, que seas feminista y machista al mismo tiempo o que te pongas tres banderas españolas en tu perfil de Twitter y critiques que el ayuntamiento de Madrid haya decidido subvencionar banderas. Ya sé que las banderas de Twitter son gratuitas pero, qué quieres que te diga, es cuanto menos raro. 

Debo decirte que la bandera republicana española no me molesta. La otra me irrita. Y si la ultraderecha se apoderase de otros símbolos, también me molestarían. Con ello quiero decir que si para fomentar el nacionalismo español más rancio, los nacionalistas españoles más rancios escogieran un peluche del pato Donald como símbolo, inmediatamente su dicción a lo Kiko Rivera me irritaría. Me lo imagino gritando fggggo soygghh eghsssspañol cuac, cuac y se me hunden mis recuerdos Disney en la miseria. 

¿Sabes qué pasa? Que el cambio de la tricolor a la rojigualda lo hizo Franco y después se le metió el escudo con la corona borbónica para empezar no sé qué extraño proyecto de reconciliación con franquistas en las instituciones y cadáveres en las cunetas. En mi humilde opinión de republicano convencido, sería como poner un cuarteto de cuerda a un reggeaton. ¿Puede parecer un acierto? No has oído un violín con autotune. Es como castrar a un gato y pedirle que diga “tú ya sabes, baby”. En resumen: del pollo a la corona de una familia que en 1714 decidió lanzar más de 30.000 bombas sobre Barcelona como acto de generosidad franco-castellana. Si a eso sumamos que, cuando el Ejército franquista entró en Barcelona, el 26 de enero de 1939, Barcelona había sido bombardeada en 118 ocasiones desde el mar y desde el aire por la Armada franquista y los aviones italianos con base en Mallorca comprenderás que, aunque pusieras una foto de Billy Wilder en la rojigualda, seguiría siendo una bandera que no colgaría en mi balcón (y eso que para mí, Billy Wilder es un dios).

Tal como dije ayer en mi cuenta de Twitter, hay tres cosas que me resbalan: el hielo, el jabón y las lecciones morales de los progres de Madrid (añado también a algunos progres de Barcelona). Y no porque sean progres, sino por su doble moral. Aquella que es capaz de cocinar su discurso con las mejores frases de la izquierda para quedar bien con la izquierda y añadir gestos panhispánicos para hacer un guiño al nacionalismo español de los Alfonso Guerra, Rodríguez Ibarra o Felipe González. Esa izquierda que nos vende una Disneylandia de fraternidad, siempre y cuando el poder siga estando en los Madriles. Esa izquierda muy comprometida con la autodeterminación del Sáhara o del Tibet pero que gira la cara cuando ve cómo activistas como Jordi Cuixart están en la cárcel por subirse a un coche de la Guardia Civil para desconvocar una manifestación. La doble moral. Los dos yos. Esa equidistancia que es como un carrito de supermercado: con un poco de peso, siempre se va hacia la derecha.

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