Un país anormal

No estimados:

Al parecer, ayer en “Madriz” 5000 irresponsables se dieron cita en un recinto cerrado para asistir al concierto de Raphael. Mientras Alemania, los Países Bajos, Reino Unido y otros países han decidido “clausurar” la Navidad, en “Madriz” habéis decidido organizar un concierto en un recinto cerrado con 5000 irresponsables. En el país de los 48.926 fallecidos por COVID19 alguien organiza un concierto y las autoridades políticas lo permiten. 48.926 fallecidos es casi la población de Ibiza. Si lo trasladamos a los datos demográficos de municipios catalanes,  sería perder como perder toda la población de Gavà, Esplugues de Llobregat, Figueres o Vic. Hablamos de estas cifras. Hablamos de una tragedia colectiva mundial. Y no, aunque llevemos casi un año con esta inmensa crisis sanitaria, no deberíamos asumir con semejante tranquilidad estos guarismos. Repito, a día de hoy: 48.926 fallecidos. Ayer, para celebrar que un tipo cumple 60 años de carrera, no hubo idea mejor que llenar un pabellón con 5000 irresponsables.

Pero es que la cosa no acaba aquí, desde Twitter no sólo presumís de la organización del evento, sino que además os atrevéis a iniciarlo con un “morimos de amor”. He decidido no transformar en insultos lo que ahora mismo da vueltas en mi mente. ¿Para qué? Pero sí quiero tener un recuerdo para todos los sanitarios y profesionales (en cualquier oficio) que están trabajando muy por encima de su capacidad de esfuerzo para que no todo se vaya a pique. Un recuerdo también para los que han perdido su empleo (o lo perderán) a causa de la pandemia. Otro recuerdo, por supuesto, a los que han perdido familiares, amigos o, simplemente, personas con las que compartieron risas, experiencias y afecto. Y también quiero tener un recuerdo para tantos niños y niñas que deberán pasar las Navidades confinados (algunos por segunda o tercera vez en lo que llevamos de curso). 

En cualquier país normal, en cualquier democracia normal, hoy habría dimisiones políticas y algún fiscal actuaría de oficio. Pero ya hace años (quizás siglos) que España no es un país normal. Y es que, en Nochebuena, aparecerá un tipo en televisión, cuyo padre se ha fugado y cuya familia puede dar lecciones de navegación en yate o vacaciones de lujo, pero no morales, diciendo que hemos de hacer un esfuerzo y que este país es poco menos que una Disneylandia rojigualda. Hablará de futuro, una preciosa palabra que en muchas ocasiones no dice nada. Quizás la presidenta de la Comunidad de Madrid ponga más banderas para mover vete a saber qué sentimientos patrióticos. Y quizás haya mucha gente que al ver a ese tipo con cara de pena o su barrio lleno de banderas pueda pensar que hay esperanza. A mí se me agotó hace tiempo. No tengo esperanza. Hay personas anónimas que luchan individual y colectivamente porque su sociedad no sea un naufragio lento, pero esperanza en el mismo menú de siempre, no la tengo. ¿Y ahora qué? ¿Cómo le dices a la gente que no vaya a ver a su madre o padre anciano, que no comparta mesa cuando quizás son las últimas Navidades en las que lo podrá hacer? ¿Qué esfuerzos les vas a pedir a los restauradores, hoteleros, comerciantes, empresarios y trabajadores que caminan en la cuerda floja de la desesperación? ¿Qué palabras puede tener Raphael para los que cada día pasan horas y horas lidiando con el puto virus de mierda en ambulatorios, hospitales, residencias de la tercera edad o ambulancias? ¿A qué demente nacionalismo casposo y trasnochado apelaréis para que la gente se crea que esto es un país normal? ¿Cuánto tiempo durará el engaño? 

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