Antes muerta que sencilla, ay, que sencilla

Estimada, o no:

Desde este humilde espacio digital, llamado así porque introduce el dedo en orificios ajenos (no en todos, debo decir), quiero felicitarte por tu tratado sociológico que podríamos titular “Antes muerta que sencilla, ay, que sencilla”. Tres son los temas que desarrollas, y en mi afán por coger del bracito a españoles que flotan ingrávidos por la galaxia como Luke Skywalker después de un botellón, me veo obligado a ayudarte a que regreses a la realidad. Quizás no sea el mejor momento para volver a la realidad pero al menos encontrarás aparcamiento. 

Empiezas hablando de las capacidades protectoras de la bandera. Lo que sucede es que no he podido evitar sus similitudes con los anuncios de tampones. Porque sí, es cierto, puedes nadar, montar a caballo, bailar y ni se mueve, ni traspasa, ni deja manchas (excepto si se te gira la cabeza como a Franco y das un golpe de Estado con ella). La bandera protege en los peores días. Que se lo digan a los desubicados sin estudios, sin trabajo y sin futuro que ven la bandera como un Oráculo de Delfos rojigualda, la lotería, el Wi-Fi gratis, la ronda que pagan los demás y lo que da sentido a sus vidas. 

No es que te quiera defraudar como cuando explicas qué es el sexo a un adolescente obviando la parte del gustirrinín y dándote cuenta que sabe más él o ella que tú, pero es que la bandera no protege ni del frío. Protege un Estado democrático, tanto en las formas como en el fondo; protege la separación de poderes; protege un sistema sanitario público y de calidad; protegen unas fuerzas de seguridad del Estado sin el más mínimo resquicio de franquismo; protege un sistema económico que no sea extractivo y depredador; protege la promoción de las lenguas y de las culturas minorizadas; protege un país sin corrupción y, en definitiva, protege un sistema hecho por y para los ciudadanos, independientemente de su origen, creencias, género, orientación sexual o religión. El tampón déjalo para esos días. En serio.

En segundo lugar, hablas de la pura raza. Y si antes tu statement parecía una apología del tampón, ahora sólo puedo ver proyectado en mi mente uno de esos concursos de belleza canina. Veo la lengua enorme de un Mastín inglés, los ojos farloperos de un Pug, el achuchable Bernedoodle o, mi preferido, el Golden retriever. Eso son razas. Pero yo no veo a ningún español de raza. A no ser que te refieres a éste, al que llamaron “el hechizado” por no llamarlo “el caraculo”.

Finalmente, tu texto habla de los “inferiores” que os quitarán “lo vuestro”. No sé exactamente a quién te consideras superior y qué es “lo vuestro”. Yo es que a un racista xenófobo no le quiero quitar ni su sombra. Lo cierto es que he tenido que poner la lista al revés para ver que España lidera algo. 

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