El pedal en el culo

Estimado, o no:

Ayer me dejaste en mi cuenta de Twitter más perlas que las que hay en una reunión de Tuppersex con viudas franquistas que buscan al caudillo en cinco minutos de Satisfyer. Anuncio, en consecuencia, el inicio de una serie de cartas que espero que aceptes con sentido del humor, igual que el que debo tener como catalán para soportar a algunos vecinos. Te diría que las compartieses con tus seguidores pero sólo tienes ocho y yo, hasta que no puedas formar un equipo de fútbol para competir en la liga de los muy españoles y mucho españoles, no te animaré a que ejerzas tu poder de influencer.

Me siento como un facha con un libro delante: no sé por dónde empezar. ¿Hablamos de la diferencia entre Nación y Estado? Como ya he tratado el tema en demasiadas ocasiones y al parecer en los colegios españoles no os lo acabaron de explicar bien (cosas de la nostalgia imperial que agota el tiempo para otros temas), voy a intentar que entiendas la diferencia a través de ejemplos. Si yo digo “hoy me siento Flex” es algo que nadie tiene derecho a negar. Es un sentimiento, una sensación, una conciencia de mi estado de ánimo y de mi identidad. Lo mismo sucede con la Nación. Porque al final, un grupo más o menos numeroso de personas que comparten vínculos históricos, culturales, lingüísticos, religiosos o de otra índole es una Nación si así lo entienden sus miembros. Vamos, que yo no tendría derecho a negar la existencia de una nación a los coleccionistas de muñecas de porcelana si así lo sintiesen. Con alejarme de ellos por el mal rollo que me darían, ya es suficiente. ¿Tú has visto cómo mira una muñeca de porcelana? Es una especie de “deme algo, que la droga es muy mala, se lo juro por Snoopy” en modo Cayetano, sin la VISA de papá, pero con ese vestido blanco y lacitos azules que llevan las niñas de Valladolid.

Pues eso: hoy me siento Flex. Sería diferente si te dijera “soy un colchón”. Porque, claro, tú me verías guapo, fibrado y canoso interesante, y me resultaría difícil convencerte de que soy un colchón, por muy apetecible que sea para un revolcón (los que me conozcáis espero que captéis la ironía en mi descripción física). Y es que para que los demás me vean como un colchón, lo mejor es que mi esencia corresponda a lo que vendría a ser un colchón. Porque si eres una bicicleta, resulta difícil que los demás te vean como un colchón. Especialmente por las posibilidades de que se te clave el pedal en el culo. Eso es un Estado. Para ser un Estado, los demás te deben ver y aceptar como tal. Lo que sucede es que los Estados no lo son por ley divina, ni Moisés bajó del Sinaí con la lista de los Estados para los siguientes diez mil años. No sé si lo que voy a decir te va a sorprender pero el Estado español no nació en el Big bang. La explosión fue la hostia, pero no tanto como para depositar sobre la Tierra, antes del movimiento de las placas tectónicas, un territorio constituido con forma de Estado para alegría de la estirpe de la estanquera. Los Estados aparecen, desaparecen, se unen a otros, se dividen… En eso no se diferencian de los forúnculos pustulentos. Por eso, parece razonable no mitificarlos tanto. Deben ser los habitantes de un territorio (normalmente ciudadanos de una nación) los que decidan cómo organizarse, cómo administrar su soberanía y qué condiciones establecen en su proceso constituyente para sentirse Flex y que los demás los vean como un colchón y no como una bicicleta. Eso sí, antes quizás sea necesario clavar unos cuantos muelles en el culo con la excusa de que es un pedal. 

P.D. Veo que todavía no te has cambiado la foto del perfil. Consejo de alguien que lleva ya unos años en Twitter: poner una foto de una chica guapa, en principio es incompatible con llamarse Antonio. Para que te hagas una idea, es tan contraproducente como poner una foto del campechano en un monasterio prometiendo respetar el voto de castidad.

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