Rubén: ven

Estimado, o no:

El otro día vi un vídeo en Twitter protagonizado por ti en el que afirmabas que “en Catalunya, si vas a un establecimiento y hablas en castellano, no te atienden”. Como eso sólo sucede si intentas mantener una conversación con un surtidor de gasolina, un cajero automático o una máquina expendedora de preservativos, me veo en la obligación de producirte un capítulo de Barrio Sésamo en el que se explicará la diferencia entre opinar y mentir. ¿Estás preparado? ¿Te has quitado el flequillo de los ojos para poder ver este maravilloso capítulo? Nota del autor: te lo tienes que imaginar con la voz nasal de Epi (o de García-Albiol, si prefieres) o con los susurros de Blas (o de Pablo Casado en un museo. Mmmmm… Déjame que me lo piense. Mal ejemplo). En todo caso, aquí empieza Barrio Sésamo:

Hola, niños, niñas y niñatos varios: bienvenidos a este nuevo capítulo de Barrio Sésamo. Hoy vamos a explicar la diferencia entre opinar y mentir.

Opinar es formular una opinión. Lo sé, lo sé: queréis saber lo que es una opinión. Según un diccionario muy gordo que actualizan unos señores que saben mucho sobre el siglo pasado (y mucho más sobre el siglo XVI, cuando España era un imperio que mataba a personas y no un cachondeo casposo con rotondas), opinión es un “juicio o valoración que se forma una persona respecto de algo o de alguien”. Por ejemplo, yo puedo opinar que tú, Rubén, tienes un aspecto de “Cayetano te lo juro por Snoopy” que echa para atrás. Y tú podrías opinar sobre mí diciendo que en mi cabeza hay más canas que en el peine del científico de “Regreso al futuro”. ¿Lo ves? Eso es una opinión. Una opinión es decir “cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo”. Quizás el grajo vuele bajo porque tenga acrofobia o porque busque el aeropuerto de Castellón para aterrizar, aunque el tipo de la torre de control esté aburrido viendo una serie de Netflix y no haga caso al grajo. Pero en todo caso, es una opinión. 

Sin embargo, mentir es otra cosa. Veamos qué dice el libro gordo de Petete (referencia boomer) sobre qué es una mentira: “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se piensa o se siente”. Si yo digo que el cepillo de dientes de Emma Stone es verde y que no me deja dormir por la noche porque ronca, no estoy formulando una opinión. Estoy mintiendo. Soy yo el que no le deja dormir (bromita de indepe. Si te esfuerzas, la entenderás). 

Sospecho que eres un joven inteligente e informado y que, por lo tanto, sabes que Catalunya cerró 2019 con casi veinte millones de turistas, sabes que ahora mismo entre la población catalana hay más de un millón de inmigrantes extranjeros (por no hablar de la inmigración española de los sesenta) y sabes, espero, que cuando las personas montan un negocio, porque tienen el vicio de comer o pagar su hipoteca, desean tener muchos clientes.  Por eso, porque sospecho que eres un joven inteligente e informado, es más que evidente que mientes. Si tu afirmación estuviese fabricada por la ignorancia, no sería una mentira. Sería ignorancia. Pero, créeme, cuando la elección de un proyecto vital se basa entre ser un ignorante o un mentiroso, el resultado no puede ser beneficioso para nadie. Ni para la persona que formula esa afirmación, ni para la sociedad. 

Si te sientes tan orgulloso de ser español, espero que creas que las mejores sociedades son las que se construyen en base a la verdad. Opiniones hay muchas, pero verdad sólo hay una. Y la verdad no se crea a través de anécdotas convertidas en categoría. Se basa en evidencias, en tendencias y en el sentido común (¿el menos común de los sentidos? Espero que no).

Ojalá algún día decidas visitar Catalunya. Ojalá vengas sin las pulsaciones altas, ni la hipersensibilidad en la piel. Y ya que eres valenciano, espero que hagas la prueba de hablar en tu lengua materna y que contabilices las veces que te responden en catalán en los comercios. Lo que vendrá después, te sorprenderá. Eso sí, si debes abandonar tu lengua paterna para pedir un Cappuccino, un Frappuccino, un Macchiato, un Dürüm, un Döner Kebab, un Shawarma, un Steak Tartar, un Whopper o un BigMac, no le eches la culpa al catalán. De hecho, no le eches la culpa a una lengua de 10 millones de hablantes de acabar con una lengua de 500 millones. Es absurdo.

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