Sociología de carajillo @arrecona

Estimado, o no:

Lo tengo decidido: quiero que me adoctrines en amar la sacrosanta unidad de España; los siempre ponderados, imparciales e independientes medios de comunicación españoles; el esperma mágico del rey que mantiene el amor a las banderas rojigualdas de 75 metros cuadrados y el humo daltónico de los aviones de las fuerzas armadas. Quiero recibir cada día esa fuerza invisible que hace que te sientas orgulloso de ser español, aunque el 93% de la población mundial no te entienda cuando dices en cualquier lugar del mundo que no sea Ibexpaña o Hispanoamérica “póngame una sangría, estúpido camarero que no habla la lengua que nunca se impuso”. Quiero percibir esos escalofríos al cantar “yo soy español, español, español”, aunque sea más fácil encontrar la estanquera en un bazar chino que en las reuniones del G20. 

Y es que estoy convencido de que se vive mejor estando adoctrinado, repitiendo como un lorito alimentado con anfetas patrioteras todas aquellas consignas que Ana Rosa Quintana lanza al espacio radioeléctrico entre chute y chute de bótox. Uno es más feliz en el absolutismo del relato oficial que en el relativismo de una realidad compleja. Quiero dividir el mundo entre buenos y malos, como si la vida fuese una película Disney en la que el bueno tiene un revolcón y el malo, afonía y verrugas en la cara. Quiero ser maniqueo hasta decir basta. Basta. Quiero alimentar mi mente con pensamientos precocinados por el IBEX 35, la Casa Real, los mass media panhispánicos y el nacionalismo español que tiene tanta querencia por jurar bandera como por echar la culpa a los demás de su mierda de vida. Porque alimentar la mente con pensamientos precocinados es fácil. Poco digestivo y poco elaborado, pero es la solución más sencilla. Vas al supermercado, compras una pizza congelada, la calientas y ya tienes el estómago lleno. Enciendes la tele o la radio, escuchas a Susanna Griso o a Federico Jiménez Losantos y ya sabes qué pensar durante lo que queda de día hasta que el consumo neuronal se agote cual batería de móvil robado de noche y vendido de día. 

¡Estar adoctrinado es la polla! Y la vagina. Es un chute de energía increíble. Todo el tiempo que te ahorras informándote, contrastando esta información, sorprendiéndote de hechos que no conocías, recordando otros hechos, teniendo experiencias reales (como vivir manifestaciones masivas en las Diadas) o dedicando un tiempo a la reflexión personal, lo puedes emplear en actividades más gratificantes como reírte cuando ves a un niño disfrazado de legionario o a Froilán fumando puros. Qué lindo proyecto vital aquél que provoca que te olvides de las aventuras sexuales patrocinadas por el erario público que ha tenido el rey emirato, los gastos en Defensa en plena pandemia o la vacuna textil española consistente en plantar la banderita española en el primer agujero que uno vea. Ni vacuna de Oxford, ni leches. Banderitas por aquí, banderitas por allá.

¡Adoctríname! Así recordaré siempre que cuando hablo castellano soy pobre, cuando hablo catalán soy rico y cuando hablo inglés o francés me estoy equivocando porque para eso está el castellano, lengua universal que hablan hasta los pingüinos del Sahara (¿que en el Sahara no hay pingüinos? Tampoco votaste al espermatozoide que alcanzó el óvulo de los Borbones y bien que la Constitución dice que todos somos iguales). Porque estar adoctrinado es saber que no se pierde la nacionalidad española cuando se vive en Bielorrusia, pero al mismo tiempo llenar el cerebro de bilis al pensar que los españoles que vivan en la República catalana perderán la suya. Estar adoctrinado es que los medios de comunicación te hagan ver a una terrorista en una joven que lo único que tenía en casa era una careta y un silbato. Estar adoctrinado es que después no se hable del asunto, aunque le hayan jodido la vida. Estar adoctrinado es ver bombas en ollas y que la acusación de terrorismo se desinfle más rápido que un preservativo en manos de Eduardo Manostijeras. Estar adoctrinado es pensar que la Guardia Civil es una mezcla de CIA, FBI y Mossad, cuyos miembros son James Bond con tricornio y mirar hacia otro lado después cuando tantos jueces cuestionan sus informes. Porque sí, aún queda decencia en España y jueces imparciales; ricos que hablan castellano y pobres que hablan catalán; cabrones con estanqueras y malnacidos con estelada. Sí, la realidad es compleja, incoherente, caprichosa, voluble y líquida. Lee más a Zygmunt Bauman que a Abascal cuando sepa lo que es escribir un libro inteligente.

En fin, estimado o no, Daniel P, solo espero que en tu cuenta B te llames Daniel P2 y tengamos entonces la gran metáfora gaseosa de lo que es tu relación con Twitter. Porque lo de evitar la sociología de carajillo parece una misión complicada. 

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