Sí, cariño: eres más nacionalista que la gomina de Pablo Casado

Estimado, o no:

Como diría Rick en el final de Casablanca: “creo que éste es el inicio de una hermosa amistad”. Y es que ya será la tercera carta que te dirijo. Esto va a ser una relación epistolar que ríete de las cartas de Van Gogh a su hermano (no te preocupes. No tengo previsto cortarme la oreja. Y menos ahora que debo llevar mascarilla). 

Estoy fascinado por las cosas que dices sin decir. Hay un subtexto impresionante en cada tuit que escribes. Reflejas a la perfección las neurosis del estrés postcolonial que sufren tantos. Yo admito que la historia de España es compleja, especialmente si se analizan las fuerzas antagónicas entre territorios conquistados y perdidos, entre ideologías políticas, entre religiones y entre naciones. Porque, te pongas como te pongas, España es un Estado plurinacional que no sabe cómo generar una nación con una identidad en la que todo el mundo se sienta cómodo. Y por esa razón, pudiéndote poner de foto de perfil en Twitter la foto de un gatito lamiéndose la patita o la de la pelusilla de un ombligo con vocación de fabricante de almohadas, te has puesto la bandera de España. Porque eres nacionalista. Más nacionalista que la gomina de Pablo Casado o los gin tonics de Froilán. Pero, hablemos de nacionalismo.

El nacionalismo tiene mala imagen. Lo admito. Sobre todo, porque ha sido la coartada para invasiones de territorios, guerras y multitud de cortinas de humo que han empleado los gobernantes para hacer frente a crisis económicas. Es una cuestión de mantener al grupo unido con una causa común. Con finalidades diferentes y nombres diferentes lo hacen todas las organizaciones. Por eso lo jugadores de fútbol hablan de defender el escudo o la camiseta, cuando en la mayoría de los casos lo que están defendiendo es su sueldo o una renovación. Si algo tenemos los seres humanos es que las emociones nos conquistan y nos unimos ante las causas cuando éstas excitan nuestro sistema límbico (lo sé, esperabas que hablara del corazón pero es que es muy cursi). ¿Has visto manifestaciones en las que en las pancartas aparezcan gráficas de barras, porcentajes, informes en pdf o powerpoints? La gente va con frases sencillas e ingeniosas y, muchas veces, con banderas. Y conscientemente o no, se genera un constructo, la idea abstracta de algo. Y no hay nada más abstracto y difícil de definir que una nación. Según esa enciclopedia de los que no nos queremos complicar la vida buscando información, como es la Wikipedia: una nación en sentido amplio es una comunidad histórico-cultural con un territorio que considera propio y que se ve a sí misma con un cierto grado de conciencia diferenciada de los otros. Lo que sucede es que también hay naciones culturales que trascienden fronteras. Por eso, debemos cuestionar el concepto Estado-nación, un invento bastante reciente que lo único que hace es que el pez grande se coma al pequeño. ¿Recuerdas? ¡Pezqueñitos, no gracias!  Porque el meollo de la cuestión es ese “que se ve a sí misma con un cierto grado de conciencia diferenciada de los otros”. Es decir, no son los otros los que te dan permiso para sentirte formar o no parte de una nación. Es el pueblo (una mayoría del pueblo si lo miramos desde una perspectiva democrática) el que se considera formar parte de una nación diferenciada de otras. Y es aquí donde el nacionalismo se disfraza de colesterol porque, de la misma manera que al parecer hay un colesterol “bueno” y otro “malo”, no todos los nacionalismos son iguales. Porque, ¿qué quería Hitler? Conquistar territorios y hacer limpieza étnica para borrar del mapa a los que él y los sádicos de sus seguidores consideraban que no tenían derecho a vivir. Es decir, el nazismo partió de la base de “todos los territorios que pueda conquistar con violencia son míos y tú no tienes derecho a vivir porque me sale de mi toto nazi y tengo esta Luger P08 que te está apuntando a la cabeza y que se pondrá a toser si no te subes al tren que te llevará a Auschwitz”. Nacionalismo chungo, evidentemente. Pero, hay otro nacionalismo. Un señor que se llamaba Mohandas Karamchand Gandhi resulta que, a través de la resistencia pacífica y la desobediencia civil, movilizó a la que consideraba su nación para lograr que él y sus familiares, amigos, conocidos y saludados pudieran tener soberanía plena y ser auténticos sujetos políticos. O dicho de otra manera, luchó para que los británicos fueran a su país como máximo a tomarse un Earl Grey a las cinco de la tarde pero no a tocar los bowlings restregándoles la Union Jack todo el día por la cara. ¿Me explico? Y es que, una cosa es obligar a otra persona a sentir tu nación como suya (especialmente con porras policiales dando golpes en la cabeza) y otra, muy, pero que muy diferente, es decir, “cariño, tenemos que hablar. Lo nuestro no funciona. Podemos quedar como amigos pero tú en tu casa y yo en la mía”. Porque, señor de la banderita, puedes repetir un millón de veces una mentira pero en el momento 1.000.001 en el que la digas, seguirá siendo mentira. Catalunya es una nación. Punto pelota. La que no es una nación es España, que lleva siglos y siglos con reyes y reinas copulando a cambio de territorios y bombardeando a todo ser viviente en un extraño ejercicio atávico de “por mis cojones”.  Y eso es lo que está diciendo tu tuit. Y ése es el mundo al revés de este Stranger Things con tiendas de Zara que es España. Y por eso, cuando una nación no tiene Estado propio, y sueña con decidir su destino, tener soberanía, elaborar leyes que otros tribunales no prohíban, tener el idioma oficial que le dé la gana y gritar fuerte EXISTO es cuando tiene más sentido un nacionalismo pacífico y democrático que permita a las personas de ese ámbito nacional poder opinar. ¿Se ha dado eso en tu país? No. No es lo mismo gritar “a por ellos” que, ¿qué te pasa? Es de primero de relaciones humanas. Y como ese ejercicio de sensatez y empatía no se ha dado, quizás no deberías sentirte tan orgulloso de tu constructo nacional.

En resumen, estoy a favor de las fotos de perfil de gatitos que se lamen la patita y de pelusillas de ombligo. También estoy a favor de que la gente se ponga banderas en su perfil de Twitter. Pero ya no estoy tan a favor de que me obliguen a ser lo que no quiero ser. 

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