Los pelos de las orejas

Estimado, o no:

Te lo voy a explicar como si tuvieras 500 años (bueno, quizás con esa edad te conviene más un desodorante). Te lo voy a explicar como si… quisieses entender algo de lo que te voy a explicar.

España: se come bien, el clima es bueno, las playas son magníficas (los que las tenemos. En Madrid no pasa el metro por ellas), los recursos artísticos e históricos son atractivos y hay gente muy maja. Sé que lo que he dicho se puede ampliar a muchos países pero, de esta forma, espero que entiendas que no soy un diablo adoctrinado que echa fuego por la boca en forma de bilis inflamable cuando habla de España. Que sí, que España tiene muchas fortalezas en un DAFO. Pero, ¿qué pasa si un tío bueno de Instagram se deja ir? Pues que sustituye las ensaladas por las tapas de callos, patatas bravas y pulpitos; que en vez de ir al gimnasio decide ver cuatro series de Netflix, dos de HBO y la laca de Ana Rosa Quintana; que en la pelusilla de las orejas puede hacerse la permanente; que los pelos de la nariz le impiden comer bien la sopa de fideos y que, un día, cuelga una foto en el Insta y empieza a seguirle Fiona, la novia de Shrek. Eso es lo que sucede cuando alguien se deja ir. Por eso, te pido que no dejes de leer este texto para rendirle culto a tu poster de Felipe II e intentes realizar un cierto ejercicio de autocrítica y de humildad. 

España se ha dejado ir (o quizás es que nunca ha estado). Debates sociales que parecían superados se vuelven a recuperar gracias al auge de la ultraderecha. España está en la cola europea en percepción de independencia judicial, innovación, ayudas ambientales y de eficiencia energética, ahorro privado, medidas contra la contaminación, competencias digitales básicas, camas de atención psiquiátrica, médicos de Primaria por habitante, cuidados paliativos, desigualdad infantil, libertad económica, gasto destinado a familias e hijos, educación, prestaciones sociales… y podría seguir. Bueno, en honor a la verdad, España lidera una estadística: la de reyes que huyen.

En España la corrupción política es sistémica y alcanza a los grandes partidos de una manera vergonzosa. ¿Qué decir de la familia real? Hay material para veinte series de televisión. España es vista en Europa como un enorme agujero por el que se va el dinero en ayudas que acaban en AVE’s innecesarios, aeropuertos vacíos, submarinos que no flotan y bolsillos ajenos. La política de centralización, el capitalismo castizo, asfixia una y otra vez el motor económico de comunidades como Catalunya, Baleares o la Comunidad valenciana (año tras año). La diversidad cultural y lingüística es vista siempre bajo sospecha, lo que lleva, por ejemplo, a fiscalizar la escuela por la lengua vehicular que se utiliza. Los partidos políticos no tienen el más mínimo problema en provocar tensiones y conflictos imaginarios si con eso ganan votos (¿por qué el PP recogió firmas contra el Estatut catalán? ¿Por qué Ciudadanos montó actos en los pueblos de los líderes independentistas?). La prensa no denuncia los abusos del poder y no fiscaliza las acciones del gobierno. Excepto, claro, cuando éste no se alinea con el ideario del medio en cuestión en materias que no afecten a la unidad de España. Porque cuando existe el más mínimo resquicio de que se cuestionen estructuras de Estado como la monarquía o el sistema judicial, todos los medios extienden sus lenguas al unísono para lamer lo que haya que lamer. Siempre, con la unidad de España como constructo ideal para esconder sus miserias. Eso y otras muchas cosas es España. Un país en el que hay activistas en la cárcel por subirse a un coche para desconvocar una manifestación o raperos en el exilio por sus canciones. Un país cuestionado judicialmente en países como Reino Unido, Bélgica, Alemania y Suiza, que no hacen caso a sus trampas y a su falta de democracia. Un país que hizo una falsa transición a la democracia porque ni un solo fascista pagó por sus crímenes. Un país de fosas comunes. Un país en el que se envían a miles de policías al grito de “a por ellos” a golpear a ciudadanos que queríamos votar. Un país hundido económicamente, con una deuda externa del 170% del PIB. Un país que ha gestionado de una manera desastrosa la pandemia, que no confinó Madrid cuando tocaba o envió mensajes contradictorios a la población (lo sé. Tampoco la Generalitat ha gestionado esta crisis como muchos esperábamos). En resumen, los pelos de las orejas ondean al viento, los michelines sirven de cojín al gato y ese tipo que lucía abdominales en el Instagram ahora ya no parece tan atractivo. Endogamia, chauvinismo, síndrome de estrés postcolonial, prepotencia, falta de autocrítica, adoctrinamiento… seguramente la situación actual tiene éstas y más causas. Y lo que sobran precisamente son marcos mentales como el tuyo porque, ahora mismo, España es Norma Desmond en la maravillosa película “El crepúsculo de los dioses” cuando dice “Alright Mr. DeMille, I’m ready for my close-up”.

Por cierto, sentirse orgulloso de un modelo que se base en una lengua, una religión y una cultura, en pleno siglo XXI, un siglo de globalización, multicultural y de melting pot, es en la escala Trump de patetismo ridículo, un 100.

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