Carta a una choni

Estimada, o no:

Hoy es domingo. Final de agosto. Luce el sol. Ha refrescado. Los pajarillos cantan y las chonis revientan tímpanos. Y es que, a eso de las nueve de la mañana, te has puesto a declarar tu odio a tu pareja a 100 metros de mi casa. Pero a pesar de esos 100 metros, he podido escuchar perfectamente todo lo que ibas diciendo a tu amigo Beethoven, reencarnado en un tipo con la gorra al revés (a juzgar por cómo gritabas debe estar ya en su época de máxima sordera, dispuesto a componer la novena sinfonía en modo reggeaton).

Es evidente que la ciencia ha avanzado mucho en el conocimiento de nuestro planeta y nos ha permitido, por ejemplo, viajar al otro lado del mundo en cuestión de horas. Enfermedades que en la Edad Media eran incurables ahora desaparecen con una simple medicina, la física cuántica nos interroga sobre lo grandes misterios de la vida y la ingeniería genética plantea cuestiones éticas que nadie podía imaginar hace un siglo. Sin embargo, la ciencia aún no ha podido explicar por qué las chonis tenéis el poder de aumentar tantos decibelios el sonido que generan vuestras cuerdas vocales con sólo decir MERCADONA. Una conversación normal se mueve en unos 50 dB. Un concierto de rock genera sonidos de unos 100 dB. Pero es que una choni en una conversación normal es un concierto de Megadeth, Metallica y mil gaiteros escoceses haciendo un cover de Purple Haze de Jimi Hendrix. ¡Qué capacidad! Esa bocaza es como el reactor de un Airbus A380 en la pista de despegue. Pero es que, además, tenéis la capacidad de subir cuatro octavas en la frase: que testés quieto ya, coño. Es que empezáis como un bajo masculino y acabáis como una soprano que se acaba de dar un golpe en el poto con la esquina de una mesa. Tenéis tantas escalas cromáticas en la voz que estar a un metro de vuestra boca genera arcos iris mentales con unicornios dando vueltas por la habitación. No sé realmente por qué utilizáis teléfono móvil si con vuestras cuerdas vocales tenéis cobertura por toda Catalunya y sin necesidad de antenas. 

En fin, vaya mañanita. He intentado ponerle un poco de humor a la historia y me he imaginado con qué tipo de música encajaría lo que le ibas diciendo al tipo de la gorra. Por ejemplo, la frase “no te quiero ver cerca de mi culo” la he situado en una canción de Mecano.

Y nos metimos en el coche.

Mi amigo, tu amiga tú y yo.

Te dije, nene, con disimulo,

no te quiero ver cerca de mi culo.

También he creído ver en tu afirmación “te metes droga mala. El día que te metas droga buena…”  unos versos de La Oreja de Van Gogh.

Por eso esperaba con la carita empapada

que llegaras con rosas, con mil rosas para mí.

Que te metes droga mala.

El día que te metas droga buena

tendré rosas y no a un capullo.

Lo sé, no rima. Pero tampoco rimabas tú con esta plácida mañana de domingo.