Ser o no ser

zeroEstimado, o no:

“Dime espejo una cosa, ¿quién es en este reino la más hermosa?”. Sé que la frase la podía haber pronunciado una cocainómana preparándose un tirito, pero en realidad pertenece a la Reina Grimhilde, la malvada madrastra de “Blancanieves y los siete enanitos”. Por cierto, un día hablaré de estos siete machirulos explotadores de princesitas. Aunque mi teoría perfecta es que pertenecen a los siete estados de la droga: mudito, gruñón, feliz, tontín, dormilón… En todo caso, cuando los hermanos Grimm escribieron este cuento machista, acertaron con el concepto espejo. Yo creo que hay una conspiración atávica con los espejos. Si te has fijado, los encontramos en todas partes. O alguien cobra comisiones por la colocación de espejos, o es que el lobby de los espejos intenta decirnos algo. Y es que hay espejos en los ascensores, en los vestíbulos, en los lavabos, en los techos de las habitaciones… ¿Quién no tiene un espejo encima de la cama para mirarse cuando duerme? Es para eso, ¿no?

Pero el espejo, además, tiene un sentido metafórico. No sólo sirve para peinarnos, afeitarnos o explotarnos un grano pustulento con la posterior lluvia blanca horizontal, sino que de alguna manera es el reflejo de nuestro subconsciente, la voz de nuestra conciencia, una especie de juez de nuestras acciones. ¿He dicho acciones? Las acciones se expresan en la lengua con los verbos. Concretamente, el castellano tiene unos veinte mil verbos. Y esos veinte mil verbos son la expresión de la vida. Ni más, ni menos. Caminamos, hablamos, soñamos, pensamos, hacemos, cocinamos, experimentamos, creamos, nos equivocamos, vivimos… La vida son verbos que los adverbios edulcoran, matizan o adornan pero en los verbos radica el alcance de nuestras vidas. Y es que no es lo mismo calentar el culo en el sofá que viajar, crear que quejarse, construir que destruir, amar que odiar, inventar que criticar… Pero de todos los verbos que permiten definir qué somos, el puto amo de los verbos es SER. El diccionario de la RAE tiene dieciséis acepciones sobre el verbo SER y, sin ánimo de SER pedante, no hay una sola que alcance el valor filosófico que posee el verbo. De hecho, la primera acepción me deja un poco fuera de juego: copulat. U. para afirmar del sujeto lo que significa el atributo. ¿Copulat? ¿Lo que significa el atributo? Como sinopsis de una peli porno, pase, pero para definir al verbo de los verbos… pues no estoy tan seguro.

Nos pasamos el día diciendo qué somos. Por ejemplo, yo te podría decir que soy catalán, soy independentista, soy de izquierdas, soy amante del arte, soy cinéfilo, soy fan de Marillion, soy ultrafan de mi familia, soy miope, soy culer, soy un desastre, soy quisquilloso, soy perfeccionista, soy viajero, soy ignorante de muchas cosas, soy sabio en chorradas, soy amnésico selectivo para lo chungo, soy nostálgico para lo bueno, soy alegre, soy triste, soy nervioso, soy tranquilo y, en definitiva, soy contradictorio. Porque todos somos cebollas humanas (y no lo digo por la capacidad de hacer llorar a otras personas, que también). Lo digo por nuestras capas de humanidad, de sueños, de frustraciones, de anhelos, de identidades, de herencias letales en nuestra historia (personal y colectiva), que se sobreponen unas encima de otras como cebollas humanas que somos. Somos. Vuelve a aparecer.

Tú pides que los demás sean algo diferente a lo que tú eres. Tú pides que las banderas o que los lazos que la gente se pone en Twitter sean otros. Tú exiges ser de una determinada manera a los que no quieren ser de esa determinada manera y, si no lo son, te parecen tontos. Y aquí radica el gran problema de la vida en sociedad: cuando hay personas convencidas de que los demás no deben SER extranjeros, homosexuales, independentistas, de izquierdas o de derechas; cuando unos pueden ser y otros deben ser. ¿Por qué te he dicho que ser es el puto amo de los verbos? Porque el ser lo contiene todo, absolutamente todo: sentimientos, pensamientos, experiencias, identidades, luchas, proyectos vitales, inquietudes… todo. ¿Y por qué razón debemos renunciar a ser cuando es lo más importante que tenemos en nuestras vidas? La alternativa a ser es no ser, es dejar de tener entidad humana y pasar a una nueva categoría de existencia. Es la muerte. En vida o después de ella. Pero es renunciar a ser y eso es muy jodido. Por mucho que tú y personas como tú, tengáis la tentación de llamar tontitos a quienes quieren ser, los que queremos ser no vamos a renunciar a ello. Y mucho menos, cuando tú y personas como tú, no es que no vean la viga en el ojo propio, es que tienen la estructura de acero de un rascacielos metida en la córnea.

En fin, me despido con las palabras de un tipo que no escribía nada mal:

Ser o no ser, ésa es la cuestión . ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza? Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir y tal vez soñar.

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