Camping “El campechano alegre”

lolilla

Estimada, o no:

En primer lugar, debo decirte que no había visto tantas banderas españolas desde que estuve en el camping “El campechano alegre”. Es broma. Las veo cada día en perfiles de Twitter como el tuyo. Se nota que llegan las fiestas mayores de los pueblos y has querido adornar tu tuit con un poco de banderas no nacionalistas. Porque, disculpa si te hago una pregunta inocente, ¿a partir de cuántas banderas españolas uno deja de ser un nacionalista adoctrinado por TV3, la escuela catalana y los CDR’s y pasa a ser un ciudadano librepensador, demócrata y elegido por los dioses de la excelencia intelectual? He visto que en tu tuit has insertado seis banderas españolas (más la de tu perfil). ¿Significa eso que a partir de cinco uno deja de ser nacionalista y con pasear a cabras disfrazadas y lanzar a paracaidistas contra farolas ya es suficiente para aparecer en las estadísticas de seres inteligentes, abiertos de mente y ciudadanos del mundo mundial? Estoy hecho un lío y ya no sé qué es el nacionalismo. Yo por si acaso voy a documentarme un poco. Espero que no te importe que comparta la información contigo.

Dicen los libros que “el nacionalismo es una ideología y un movimiento sociopolítico que se basa en un nivel superior de conciencia e identificación con la realidad y la historia de una nación. Como tal, el nacionalismo fundamenta sus ideas en la creencia de que existen ciertas características comunes a una comunidad nacional o supranacional, debido a lo cual se propone legitimarlas y modelarlas políticamente”. Yo diría que hay dos palabras clave: identificación y nación. Todos tenemos una identidad, nos identificamos con algo. De hecho, hasta la falta de identidad es una identidad en sí misma. La identidad personal es un constructo que modificamos a lo largo de la vida. Si no fuese así, aún habría cincuentones y cincuentonas que decorarían su habitación con posters de Leif Garret (¿quién es Leif Garret? Pregúntaselo a un boomer. O mejor, no lo hagas porque su aspecto actual da para una de esas series de Netflix sobre crímenes reales). En resumen, todos tenemos una identidad que bebe de nuestros orígenes familiares, de la cultura que hemos mamado de pequeño, de nuestras elecciones personales y, en definitiva, de todos aquellos inputs que han encontrado un lugar en nuestro pensamiento. ¿Y la nación? Una nación en el sentido más amplio es una comunidad histórico-cultural con un territorio que considera propio (aunque no siempre, ya que hay naciones sin un territorio concreto como la nación negra. #BlackLivesMatter, por cierto) y que se ve a sí misma con un cierto grado de conciencia diferenciada de los otros. Lo que sucede es que en el siglo XVIII, ese concepto de nación se centró en aspectos como la soberanía y entró de lleno en un marco político. ¿Y qué es la soberanía, me preguntas clavando tu pupila rojigualda en mis ojos estelados? La soberanía representa una facultad de mando, poder y control que posee una persona o entidad sobre un sistema de gobierno, territorio o una población. ¿Has experimentado alguna vez la situación en la que entras en la habitación de tu hijo adolescente y hay calzoncillos colgando de la lámpara, una caja de pizza en la mesilla de noche y, la última vez que se hizo la cama, Froilán intentaba aún aprobar la ESO? Pues ahí es cuando ejerces tu soberanía como madre y le dices: ¡niñoooo. Como no arregles tu habitación voy a meterte el móvil en el congelador hasta que empiece a intercambiar whatsapps con la ensaladilla rusa del Carrefour! Claro, él te hará caso… o no. Pero tu “soberanía” te permitirá ejercer poder y control sobre tu hijo. Y si no, siempre está el Tribunal Supremo: ¡tate callao, oño con el niño! Pero volvamos al tema que nos ocupa: el nacionalismo.

Yo diría que hay dos tipos de nacionalismo (hay muchos pero me voy a centrar en dos). Imagínate que eres alemana y estás en una cervecería de Munich llamada Bürgerbräukeller. Es el año 1923. Vienes de una guerra mundial que has perdido, el Tratado de Versalles te ha tratado entre mal y peor, y la crisis económica es muy potente. Hay un tipo que grita idioteces acerca de la nación alemana, salpicando saliva y supremacismo por todas partes. Te dice que los judíos tienen la culpa de que estés como estás. Y te lo crees. Y la cerveza se hace un sitio en tu estómago. El suelo está pegajoso pero ese tipo te hace sentir que formas parte de algo muy grande, de que la Historia no se olvidará de ti. Pues bien, sabiendo lo que sucedió después, la Historia no se ha olvidado de esa gente, pero qué cabrones fueron. Eso es nacionalismo chungo, malo, caca.

Ahora eres una persona que vive en La Habana, Cuba. Estás en 1895. Tú te sientes cubana. Ni Castilla, ni bocata de calamares, ni chotis, ni leches. Tus padres, tus abuelos, los abuelos de tu abuelos nacieron en esa preciosa isla del Caribe. Resulta que unos tipos, que a tus antepasados les dieron un idioma, una Biblia y les metieron bastante pólvora en el culo, te están quitando los recursos naturales y económicos. Digamos que no son unos tipos con los que te irías de vacaciones porque, aunque sean muy españoles y mucho españoles, son unos cabronazos. Y no sólo en Cuba. Con la excusa de que Colón carecía de Google Maps, llevan siglos explotando los recursos de otros territorios en los que viven personas con otras identidades (o, al menos, con una parte de su identidad que no les fue impuesta en el pasado). ¿Qué sucede entonces? Reivindican su nación y su soberanía. No quieren que tipos que viven muy lejos decidan su futuro. Porque:

a) les suele importar su futuro de cero a nada y

b) de hecho, su futuro tiene un enorme muro delante que se llama metrópolis. Sienten que, no sólo no tienen un Estado que defienda sus intereses, sino que además ese Estado supone continuos torpedos en la línea de flotación de su supervicencia política, social, económica y cultural.

Pues quizás ese nacionalismo no sea tan chungo, ¿no? Porque además, ¿quiénes somos nosotros, mortales que no nacimos del esperma de ningún Dios, para decir a nadie, tú eres nación y tú no, porque lo digo yo? Es más, ¿quién eres tú para decirme a mí, catalán que no se siente español, que mi identidad debe ser española? ¿En base a qué legitimidad? ¿A una guerra de 1714? ¿A una Constitución que no voté porque estaba distraído gritando “bieeeeeeeen” a los payasos de la tele? ¿En base a qué legitimidad, cuando los catalanes somos el 16% de la población española y resulta un poco complicado deshacernos democráticamente de la soberanía impuesta por el 84% de la población, a no ser que esa población se avenga a negociar y apele a la DEMOCRACIA en mayúsculas para que cualquier pueblo, cualquier nación, pueda decidir quién quiere que ejerza soberanía sobre sus vidas? ¿No será que todos somos un poco nacionalistas, que todos nos sentimos formar parte de alguna nación, aunque sea la nación del reggeaton? ¿No será que no resulta especialmente ético, ni democrático, imponer por la fuerza a los amantes del blues que se sientan parte integrante de la nación del reggeaton? Tú ya sabes. Esta locura que siento por ti, con esta química que haces en mí. Ya no puedo, girl. Ya no puedo, girl.

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