La ignorancia como estilo de vida @cascarona

bobo

Estimado, o no:

El castellano es una lengua preciosa, como todas las lenguas románicas. La variedad de su léxico es impresionante lo que le dota de muchas posibilidades a la hora de escribir de un modo creativo. Eso sí, sin ánimo de ofenderte, creo que fonéticamente son más bonitas lenguas como el italiano, el francés o el catalán ya que, por ejemplo, el catalán presenta siete u ocho vocales diferentes dependiendo del dialecto y, en cambio, el castellano sólo tiene cinco fonemas vocálicos: /a/, /e/, /i/, /o/, /u/. Espero que al menos eso lo recuerdes del colegio. Ya sé que cuando escuchas a Federico Jiménez Losantos uno puede tener la sensación de un aumento del número de vocales y, sobre todo, de consonantes. Sin embargo, las limitaciones sonoras del castellano respecto al catalán son evidentes. Eso sucede también con el italiano, que tiene siete fonemas vocálicos y con el francés, que tiene en total diecinueve.

Pero a pesar de que el castellano posee un léxico muy amplio, hay palabras que creo que aún no existen y que entre todos deberíamos normalizar. Me explico. El diccionario de la Real Academia Española de la Lengua incluye en la definición de tonto lo siguiente: dicho de una persona: Falta o escasa de entendimiento o de razón. Después llega ese gran espectáculo de sinónimos que complementa al adjetivo tonto pero que, de una manera u otra, se refiere a lo mismo: idiota, estúpido, gilipollas, cateto, paleto, cortito, mermado… Es evidente que todas son insultos porque en esta vida, uno puede aspirar a muchas cosas, tener todo un catálogo de sueños y de posibilidades, pero nadie dirige su vida conscientemente a ser un tonto, idiota, estúpido, gilipollas, cateto, paleto, cortito o mermado. A priori todos deberíamos aspirar a tener entendimiento o razón. Desde el segundo cero en el que abandonamos el útero materno deberíamos entender qué hacemos aquí, cómo es el mundo que recibimos en herencia, qué relaciones humanas provocan que funcione como funciona, qué debemos hacer para tener cierto éxito o, incluso, qué herramientas debemos desplegar para captar la belleza, el sentido último de las cosas y así tener una vida más plena. ¿Pero es así siempre? Yo creo que no. No todas las personas parecen interesadas en bucear en la complejidad, en sorprenderse por las maravillas que les rodean o en aceptar sus propias limitaciones. Lejos de ello, realizan incluso grotescas exhibiciones de su ignorancia, parecen disfrutar con el hecho de que el resto de personas las vean como tontas, idiotas, estúpidas, gilipollas, catetas, paletas, cortitas o mermadas. Lo que sucede es que estos adjetivos son por definición injustos. Hay personas que no tienen entendimiento o razón por voluntad propia, sino por cuestiones biológicas o por situaciones socioeconómicas graves. Por eso creo que al castellano le falta una palabra para definir esta falta de entendimiento o de razón cuando es voluntaria. Es decir, cuando uno voluntariamente (y a pesar de tener capacidades cognitivas normales y situaciones socioeconómicas normales) decide que jamás estudiará, que jamás viajará, que jamás leerá, que jamás visitará museos y exposiciones, que jamás escuchará a personas que le pueden ampliar su conocimiento del mundo y, en definitiva, que jamás intentará amueblar su mente con experiencias intelectuales y culturales nuevas, habría que llamarle de una manera en concreto. Seguramente con el tiempo ese neologismo se convertiría en un insulto. Pero es que creo que las lenguas configuran de una manera u otra nuestra visión del mundo, estructuran nuestro pensamiento y afianzan nuestras raíces a una cultura y, por lo tanto, a una identidad. Y por eso es bueno que crezcan en léxico.

Si lees un tuit en catalán en Twitter y no lo entiendes, tienes varias opciones. Una es estudiar catalán, otra es pulsar el botón de Twitter que permite traducir lenguas y otra, si posees una mínima sensibilidad lingüística o, incluso, si has estudiado otras lenguas románicas como el castellano, es intentar entenderlo. Hacer un esfuerzo, como el que uno hace para adelgazar, beber menos o dejar de fumar. Si lo entiendes, estoy seguro de que habrá una zona en tu cerebro que se sentirá orgullosa del esfuerzo realizado. Hay, sin embargo, otra posibilidad: mostrar al mundo que eres un… ¿Lo ves? Me falta esa palabra. Podría decir que eres un intolerante, un ignorante, un catalanófobo… Pero yo pido esa palabra: la que define a las personas que son impermeables a la cultura, a lo complejo, a lo nuevo, a lo diferente, a aquello que les mantenga vivas la capacidad para la sorpresa, para evaluar los límites de su pensamiento, para romper marcos mentales, para pulverizar prejuicios y, en definitiva, para que cuando llegue ese último segundo de presencia en el planeta, puedan decir: he vivido plenamente o, al menos, lo mejor que he podido.

Siento lástima por ti. Me das pena. Creo que eres un fracaso. Tu vida te ha llevado a ese espacio de odio hacia una lengua como el catalán y que, voluntariamente, te ha hecho despreciarla. Muchas veces he oído eso de que los independentistas nos consideramos mejores. Oye, pues empiezo a considerarme superior, al menos a ti, porque a mí jamás se me ocurriría despreciar una lengua o una cultura. Al revés, me faltan horas para aprender. Y cuanto más mayor me hago, más urgente se me antoja la vida. Y más urgente se me hace encontrar esa palabra para aquellos que han renunciado a ser mejores. Seguro que existe. Porque si algo tengo claro es que, que yo no la conozca, no significa que no exista. Supongo que ésa el la clave de quien quiere aprender.

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