Odio las videoconferencias

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Tres elementos anormales encontraréis en el artículo de hoy. El primero soy yo, pero a eso ya estáis acostumbrados. El segundo es que no empieza con un “Estimado, o no”. Y el tercero es que da por finalizado este extraño diario de un confinado que ha tenido más éxito que un fachaleco con la estelada. Se acabó. Sigo confinado… ¿y qué? Es peor despertarte por la mañana, ponerte delante de un espejo y descubrir que eres Miquel Iceta.

El caso es que estoy aquí para emborracharme y el resultado me da igual. Emborracharme de palabras, claro. Hoy os voy a explicar experiencias reales, como la vida misma, como el contrato laboral del rey (es real, ¿no?). Os voy a hablar de un tema polémico. Como sabéis, de los que no están enfermos o son ricos, un tercio de la Humanidad está trabajando presencialmente, otro está teletrabajando y otro se está teletrabajando el ombligo porque está aprovechando el confinamiento para tocarse lo que vendrían a ser los bowlings. Sí, amigos, unos cardan la lana y otros encuentran la fama. A no ser que te hagas famoso cardando lana. El caso es que yo pertenezco al segundo grupo, al del teletrabajo. Uy, sí, qué suerte. Bueno… depende. Para empezar, ya no sé cuándo empieza y cuándo acaba mi jornada laboral. Soy profesor y los alumnos me envían correos urgentes de día, de noche, en domingo o en festivo. Además, ¿cuántos de los que teletrabajáis tardáis menos de cinco segundos en saber qué día de la semana es? A mí me cuesta. Podría decir que si veo a la Rahola en TV3, es que es sábado y se trata del FAQ’s, pero quizás no sea un buen ejemplo porque sale cada día. Así que mi tradicional desorientación temporal se ha amplificado bastante estos días.

Si teletrabajas, hay un concepto que te ves impulsado a desarrollar hasta límites surrealistas: las puñeteras, malditas y repelentes videoconferencias. Ojalá conozca un día a quien las inventó. En serio: las odio. Odio las conversaciones telefónicas, imaginad si además tienen imagen. Pero bueno, venga, me adapto. Además, sí que es cierto que hay compañeros de trabajo a los que te apetece ver y hablar con ellos. Pero más allá de tener que aceptar que los límites entre lo público y lo privado se hayan hecho añicos (igual que los límites de la jornada laboral), lo peor de las videoconferencias es una tendencia que se ha ido agudizando: cada vez más personas no conectan ni la cámara, ni el micrófono. De esta manera, decides ducharte, afeitarte, vestirte como si estuvieras en el trabajo, te sientas ante el ordenador para tener contacto con tus alumnos o con otras personas y te pones a hablar delante de un mar de iconos extraños tan inanimados como la mandíbula de Montilla. En ese momento me siento como David Bowman, el personaje de “2001, una odisea del espacio” cuando habla con HAL. Como alguna vez uno de esos iconos se transforme en una luz roja me va a entrar algo. HAL, no quiero discutir más contigo. Abre las puertas.

Y claro, empiezas a pensar. Piensas que te están mirando. Sientes su presencia. Están ahí, enviándose whatsapps, cachondeándose de ti. Lo sabes. Ellos saben que lo sabes. Y tú sabes que ellos saben que tú lo sabes. Quizás alguien decide abrir el micrófono en un extraño momento de humanidad para preguntar algo y entonces vuelves a sentirte menos imbécil. Pero después… el silencio. ¿HAL? ¿Me recibes? ¿Qué estarán haciendo? Uf… un pensamiento muy chungo te regala un escalofrío que te recorre la espina dorsal. No estarán… ya sabes… ¡No! ¡Dime que no! Oye… que no lo digo por mí. En serio. Soy un cincuentón ajado. Lo digo porque… bueno… ¡olvídalo!

Eso sí, aunque hay tres cosas que intento vaciar de mi mente, la caída del cabello, Aznar y el futuro, porque me generan el mismo mal rollo, voy a proponer algo a los gurús de las nuevas tecnologías. Desde este humilde blog pido que las videoconferencias sean personalizables y que puedas sustituir los iconos por imágenes virtuales en movimiento de… no sé… Clara Lago, Jennifer Lawrence o José Zaragoza (sería divertido verlo gesticular con el micro apagado. Y con ese sex appeal quizás sea yo el que apague la cámara). Mmmmm… Pepe, Pepe… saca el florero.

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