Quin orgull de poble!

20191018_080533

Sé que más allá de los límites territoriales de Catalunya hay españoles tan deseosos de libertad, tan críticos con el sistema y tan comprometidos con los espacios públicos del pensamiento, como muchos de los catalanes. También sé que hay pensamientos monolíticos, compromisos con la represión, odio atávico y sentimientos putrefactos. Nadie dijo que vivir era fácil. Escribo estas letras para los de aquí y para los de allí, para los que sientan alguna curiosidad por las sensaciones que tuve ayer, que fueron intensas, aún más de las que me proporcionan las agujetas que recorren cada unos de los centímetros cuadrados de mis piernas.

Ayer recorrí a pie los kilómetros que separan Martorell de Barcelona: 22 Km. Participé en una de las cinco Marxes per la llibertat. Sé que estos días los medios de comunicación han bombardeado vuestras pantallas con imágenes llenas de contenedores ardiendo y que, sumadas a los años que os llevan diciendo que los indepes somos muy malos, debéis pensar que esto es la guerra. De hecho, Albert Rivera, en una de sus muestras de sociopatía tuitera, llegó a comparar a Barcelona con Alepo. En fin…

Debo admitir que no confiaba mucho en mi forma física. Aunque hago natación, uno ya tiene cierta edad y 22 Km pueden ser muy largos para quien no está acostumbrado a caminar. Lo cierto es que llegué caminando a la Diagonal con los mismos andares que un Teletubbie en una clase de zumba y que la B-23 se me antojó eterna. Jamás me había dado cuenta de que hace subida. Sin embargo, el resto de emociones fueron especialmente intensas y compensaron ese esfuerzo de sobras.

Estoy muy, muy, muy orgulloso de esa parte tan importante del pueblo catalán que comparte un sueño.Hay que estar un poco loco para soñar en unos tiempos tan poco dados a las fantasías, cuando la realidad se obstina en morder con todas sus fuerzas. Ayer vi a personas de todas las edades, de todos los orígenes y de todas las condiciones. Jamás olvidaré a una señora de unos más que largos sesenta años decir con acento andaluz que no cabríamos en Barcelona. Llevaba una mochila con una estelada y un pañuelo “sedicioso” en su cabeza. Sus piernas no eran precisamente las de una deportista pero la mujer caminaba decidida hacia la meta final. Vi también a unas diez personas en Sant Andreu de la Barca (niños incluidos) que nos esperaban con banderas españolas. Yo jamás lo hubiera hecho. Jamás me iría a una manifestación unionista con una estelada. Supongo que hay provocaciones que la elegancia te marca que no debes hacer. Eso sí, admiro su coraje. Creen en algo y eso ya es bueno.

Me emocionaron unas ancianas que desde sus balcones con esteladas saludaban el paso de la marcha. Sus caras brillaban de alegría. Ojalá vean la República Catalana pronto.

Después de un bocata en Pallejà y de esperar de pie mientras entrábamos en la A-2, nos vimos dentro de la autovía con unos cuantos kilómetros por delante y con la sensación de rebeldía de un adolescente que descubre los secretos de la vida. No sabía que el asfalto no es precisamente el mejor lugar para caminar (ya lo he dicho al principio, mi experiencia como caminante es parecida a la que tiene el rey con los madrugones para ir al curro).

No se me hizo especialmente largo el recorrido por la autovía. Muchos conductores en dirección contraria hacían sonar los cláxones mientras levantaban su brazo. Pero lo más emocionante era pasar por debajo de los puentes llenos de personas que nos aplaudían. Pancartas, esteladas, mensajes reciclados de antiguas Diadas, las mismas caras de emoción, la sensación de soñar colectivamente, de ser parte activa de la Historia, de que dentro de aquella autovía había miles de historias pequeñitas que conformaban un precioso retrato, un río humano de compromisos colectivos.

Me puse los auriculares conectados con la radio y escuché música en RAC1. Felicito a la persona que eligió las canciones. Bob Marley, Sopa de Cabra, Gossos, Blaumut… Llevo toda la vida dopándome con música cuando necesito aislarme con mis pensamientos. Esa música y lo que sucedía a mi alrededor me dieron fuerzas. Los rostros de mis seres queridos, las bromas de la gente, las pancartas, el carro “distraído” de algún supermercado que llevaba algo que no era precisamente agua, sonrisas, muchas sonrisas, la vida latiendo en cada paso…

Pensé mucho durante esos kilómetros. Pensé en que participar en esa marcha tenía algo de penitencia por váyase a saber qué pecados. ¿Querer autodeterminarnos es un pecado? ¿Que cesen las amenazas, los insultos y la política del Código Penal es un pecado? ¿Reclamar justicia ante sentencias irracionales es pecado? En un país con una moral judeocristiana tan presente, a veces uno tiene la sensación de que ser catalán comporta alguna especie de pecado original, como si querer ser uno mismo equivaliese a comerse la manzana del árbol prohibido. También pensé en que nos merecemos la independencia. No veo a ningún pueblo en Europa que haya hecho tantos esfuerzos de compromiso con una causa y que durante nueve largos años haya recibido un museo de negaciones con tantas vitrinas. Decía que estoy muy orgulloso de pertenecer a esta sociedad que se niega a que firmen documentos por ella, que rechaza que la violencia institucional ocupe los espacios que deberían ocupar las voces, las de todos, las del no a la independencia y las del sí. Porque lo que está en disputa es la voz, la de todos, la confianza de depositar un voto en la urna sin que oscuras maniobras del deep state lo tire a la basura, la confianza en las instituciones, en el sistema, en los espacios públicos, en la democracia como mejor arquitectura de voluntades compartidas.

Nos merecemos la independencia. Sin duda. Nos merecemos acertar o equivocarnos, nos merecemos un trato normal por parte del Estado en un país normal, nos merecemos participar de la política mucho más allá de las urnas, nos merecemos debatir cómo debe ser nuestra sociedad, nos merecemos hablar y que nos escuchen, compartir victorias o derrotas, con identidades superpuestas y jamás excluyentes. Nos lo merecemos. Nos merecíamos votar en un referéndum una y mil veces negado. Pero agotadas todas las posibilidades; cuando las llamas arden; cuando la policía no se parece en nada a lo que queríamos ser de pequeños, en ese momento en el que los malos de la tele se rendían a su inteligencia deductiva (puta ficción) y cuando los políticos creen que dialogar es sinónimo de debilidad, nos merecemos la independencia. Ahora más que nunca.

Ayer entré en la Diagonal caminando. Con paso lento. Hoy he descubierto en mis piernas músculos que no sabía que existían. Pero la experiencia de ayer nadie me la podrá robar nunca. Us estimo, catalans! Quin orgull de poble!

20191018_113205

Fes un click a sota per seguir-me a:

1024px-Instagram_logo_2016 Instagram

https://www.instagram.com/ribes.a/

logotw Twitter

 https://twitter.com/blogsocietat

UnknownFacebook 

https://www.facebook.com/blogsocietat/

youtube

https://www.youtube.com/user/ipsics4

Compra el meu llibre:

poster