Lo tuyo es mío y lo mío es… mío

historia

Estimado, o no:

No sé si vives en pareja. Hay situaciones curiosas, más allá del hecho de compartir gastos, tareas domésticas, el mando a distancia de la tele o la cara de cabreo cuando llega el recibo de la luz. Si vives mucho tiempo con una persona se producen situaciones muy particulares. Es habitual, por ejemplo, el hecho de beber al mismo tiempo durante una comida o recordar exactamente la misma anécdota, en el mismo instante. ¿Te acuerdas cuando te dio una rampa en el 127? No, cariño. Que sí, estábamos en el mirador de Sarrià y al darte un golpe con el cambio de marchas en los cataplines… Cariño, no sé si recuerdas que ese señor de delante es mi jefe y esto es una cena de empresa.

Hay momentos en los que, incluso, eres capaz de adivinar lo que tu pareja va a decir unos segundos antes de que abra la boca. Lo sé, eso me sucede con Inés Arrimadas pero es porque siempre dice lo mismo, no por el aprecio que le tenga. Las experiencias compartidas y las miles de horas de conversaciones acumuladas crean un territorio común que se nutre de las vidas de ambos miembros de la pareja. Supongo que es lo mejor de las relaciones, ese espacio que nace entre personas y cuyo contenido llega un momento en el que pierde la propiedad privada para verse nacionalizado en nombre del amor o la amistad (uf, primera frase cursi del día). En fin, dicen que el roce hace el cariño. Aunque imagino también que las fricciones provocan divorcios. Que se lo digan a los fugados de Ciudadanos.

Aculturación es el nombre que recibe un proceso que implica la recepción y asimilación de elementos culturales de un grupo humano por parte de otro. De este modo, un pueblo adquiere una filosofía tradicional diferente a la suya o incorpora aspectos de la cultura descubierta, eso sí, usualmente en detrimento de las propias bases culturales. La colonización suele ser la causa de aculturación más habitual. En este caso, el territorio común no suele partir de situaciones de equilibrio. Un pueblo es explotado por otro y es obligado a asimilar lengua, religión o formas de vida que nada tienen que ver con su sociedad anterior. El turismo o la globalización también provocan formas de aculturación, aunque en este caso más positivas. Comemos comida china, escuchamos música americana, vemos series danesas y Federico Jiménez Losantos sueña que es Ryan Gosling aunque después se despierte siendo Federico Jiménez Losantos. Dije aculturación, no milagros pollaviejísticos.

Afirmas que “la historia y cultura catalana, como la de toda España, se nutre de todos los españoles de una u otra forma”. No quiero desilusionarte pero tu afirmación es una verdad pequeñita y más en el siglo XXI. Culturalmente e históricamente todos nos nutrimos de todos o, al menos, todos nos deberíamos nutrir de todos. Y no me refiero a que empecemos a comernos unos a otros. Si es así, prefiero a Clara Lago que a un señor de Murcia con bigote (y sin bigote). Me refiero a que en esta sociedad de la información, las ideas y las propuestas culturales se transmiten a una enorme velocidad. De hecho, ahora hay más información en un quiosco que en un monasterio del siglo XII (no me insultéis, historiadores). Apuesto a que en tu casa hay aparatos electrónicos japoneses, quizás tienes un coche alemán o francés, de vez en cuando vas a restaurantes italianos e, incluso, bebes cava catalán (soy consciente de que esto último es mucho suponer por mi parte a causa de que hay españoles que están en modo “pa que se joda el sargento, no como” o, “pa que se joda el 20% de mi PIB, no bebo cava catalán y lleno mi panza de gaseosa con color de orina”).

La aculturación que nace en contextos de libertad es maravillosa. Hoy hay millones de Marco Polos en las redes sociales que exportan las maravillas de su cultura a personas que están a miles de kilómetros. El problema es cuando se parte del hecho de que hay culturas mejores que otras, cuando mi lengua es mejor que la tuya, mi religión es mejor que la tuya o mi color de piel es mejor que el tuyo. Cuando esos intercambios no se producen en clave de igualdad, es cuando vienen los problemas. Por eso, te invito a que revises tu frase. ¿No sería mejor que dijeras que la cultura española es la suma de muchas culturas, muchas sensibilidades y procesos históricos que no siempre son compartidos? ¿No crearía mejores espacios de convivencia la idea de un sincretismo cultural basado en la empatía mutua más que el constructo de una identidad que se nutre de la desaparición de culturas periféricas? Lo sé, me ha quedado una frase a lo Íñigo Errejón. Lo siento. En todo caso, si tienes pareja, te invito a que veas esos momentos en los que los dos bebéis a la vez, como uno de los síntomas más claros de amor. Pero si eres tú el que le dice a tu pareja cuándo debe beber, no estaremos hablando de convivencia precisamente. Y ahora, imagínate a Federico Jiménez Losantos mirándose en el espejo por la mañana mientras piensa en por qué la evolución humana y la genética le dieron esa cara y ese cuerpo. Se debe acordar, y no bien, de la familia de Darwin y de Mendel. Puñeteros guisantes.

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