Que te calles, Catalufo.

marcos

Estimado, o no:

A veces creo que no existo. O quizás es que no me veis por ser catalán. No sé lo que sucede en el nordeste de la península pero nos hemos vuelto invisibles. O semitransparentes para ser más exactos. Nos veis lo suficiente para menospreciarnos pero no lo necesario para valorarnos. Es como si el grado de reconocimiento de lo que somos dependiera de nuestro nivel de opacidad. En serio, en ocasiones creo que estoy en medio de un capítulo de Black Mirror en el que Torrente hace un cameo. Después de negar nuestra lengua llamándola dialecto o de invisibilizar millones de votos cerrando los ojos, gritando muy fuerte y dándole el Princesa de Asturias a Tajani, llega el turno de transformar la historia de Catalunya en un archivo adjunto de España o, peor aún, del franquismo. A ver cómo te lo explico de una manera corta y sencilla: la Revolución Industrial llegó a Catalunya mucho antes de que Franco se mirara el pajarito que no vuela, el pequeño calvo, la flauta de un solo agujero y descubriera que sus genitales no sonaban en estéreo.

Subámonos a la máquina del tiempo y viajemos a la segunda mitad del siglo XVIII en Gran Bretaña, cuna de los Beatles, Mister Bean y el balconing como proceso de selección natural. Resulta que allí se inició la Revolución Industrial, que fue un proceso de transformación económica, social y tecnológica que produjo un paso de una economía rural basada en la agricultura y el comercio a una economía urbana, mecanizada e industrializada. Mucho antes de que los cigarrillos electrónicos compitieran con la niebla mental de Jordi Cañas cuando se despierta (o lo simula), llegó la máquina de vapor y con ella no sólo mucho humo sino también la posibilidad de viajar en tren e industrializar los procesos de producción. Pues bien, la Revolución Industrial llegó a España a través de tres zonas especialmente: Asturias, Euskadi y, oh, sorpresa, Catalunya. En el caso astur-vasco se desarrolló la industria siderometalúrgica ya que disponían de recursos como el carbón y el mineral de hierro. En Catalunya se desarrolló sobre todo la industria textil. ¿Por qué?, me preguntas mientras clavas en mi pupila tu pupila rojigualda. Catalunya tenía una rica tradición comercial, artesana y de relaciones internacionales con Europa y América. Es lo que tiene vivir en un lugar por el que han pasado romanos, griegos, cartagineses, fenicios, godos, árabes y hasta Camela de gira. Y es que Catalunya limita al norte con Francia, al este con el mar Mediterráneo y al sur y al oeste con “que te calles, Catalufo, sin mí no eres nada”.

Quizás llegue un día en el inconsciente colectivo hispano-cuñadil en el que se valore la historia de Catalunya, sus logros, sus éxitos y su vocación internacional sin que nadie tenga la tentación de asimilarlos necesariamente al proyecto de indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de los muy españoles y mucho españoles para mayor gloria de los que con poner una bandera española en el balcón ya tienen la excusa perfecta para no hablar de la deuda externa o de las pensiones. Por cierto, los 16.000 millones anuales de déficit fiscal catalán no están en la Constitución. Aparecen en el artículo 1 de “eres catalán, te fastidias y bailas, supremacista, te dejamos vivir y te quejas, hombre ya”.

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