Fracasos de Amela

amela

Estimado, o no, Víctor:

Pongo en antecedentes a los lectores de este blog. Joaquim Forn, que lleva preso desde el 2 de noviembre de 2017, ha recibido una notificación para ser presidente de mesa en las próximas elecciones. Y aquí es donde has decidido dar tu toque de, ¿humor?

Estoy totalmente a favor de la libertad de expresión. Por ejemplo, creo que los indigentes morales son los que más deben ejercer la libertad de expresión. La exposición pública de sus palabras es la mejor garantía de que tarde o temprano deberán comérselas. El karma es muy caprichoso y el tiempo hace justicia.

Libertad de expresión es, entre muchas otras cosas, realizar afirmaciones que no gusten a algunas personas. Se trata de un derecho que cualquier ciudadano en un país libre debe tener, no se tiene que poner en duda y sus límites deben ser únicamente los de la verdad. Por ejemplo, yo no puedo afirmar que te he visto tirándole los tejos a un universitario vestido de Dumbo en un centro comercial. No es cierto. Sería divertido verte tontear con sus orejas, que tus manos se deslizaran por su trompa con ternura y, sobre todo, que este universitario te diera una patada en los testículos con un efecto de sonido de película de animación. ¡Choof! Pero no es verdad. No puedo afirmarlo. Eso sí, mi febril imaginación dibuja la escena perfectamente. Llámalo libertad de narrador. Aunque en una época en la que en televisión no se puede decir presos políticos, exiliados o prisis pilitics, o en la que se retiran pancartas, lazos amarillos o, incluso, una pancarta en la que se decía “aquí había un lazo amarillo” mucho espacio para la libertad no va quedando. Sí que puedo opinar, en cambio, que tu chiste me parece poco elegante, de pincelada gruesa, facilón. Quizás no tanto como Arévalo riéndose de un gangoso pero sí ventajista. Es lo que tiene la crítica, aquella que nos permite ganar dinero en los medios de comunicación hablando de famosetes soltando estupideces a otros famosetes, de reality shows de famosetes venidos a menos y de amiguetes que un día te dan una palmada en el hombro y al siguiente una patada en el culo. Porque si algo tiene la fama es que hoy te crees invencible y mañana te comes los mocos.

¿Debemos reírnos del dolor ajeno? No lo sé. Yo te imagino retorciéndote de dolor después de tu escena con el universitario disfrazado de Dumbo y una sonrisa malévola se dibuja en mi pantalla de ficción. Al fin y al cabo, la ficción cumple una cierta función escapista. Nos sirve para reconciliarnos con la realidad. Eso sí, a mí no me gusta reírme del dolor ajeno en la realidad. El humor es un arma contra la sinrazón pero no contra la debilidad o las tragedias. Me gusta reírme de los mentirosos, de los prepotentes, de los catalanófobos, de los homófobos, de los machistas. Me gusta reírme de aquellos que prescinden de la empatía y de la sensibilidad (por ejemplo, con los familiares de los presos o con los propios presos, presuntamente inocentes) para buscar el aplauso fácil de sus acólitos. De esos me río. Pero mucho. Me río del complejo de enfant terrible de algunos intelectuales, de sus ansias de ser Oscar Wilde cuando Oscar Wilde sólo ha habido uno.

Laura Turull, la hija de Jordi Turull, explicó en una entrevista que recordaba agradecida el abrazo de Xavier Domènech cuando era de dominio público que su padre sería detenido al día siguiente. Me emocioné cuando explicó que lloraron juntos. Estos momentos te reconcilian con el ser humano y te hacen recordar que en medio de tanto ruido, de tanto tuit, de tanto “humor unionista” sigue existiendo un espacio para la humanidad. Y eso no cabe en un tuit o en cien personajes de tus novelas cuando quien está detrás parece olvidarse de ella.

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