Somos idiotas

antena3

Dicen que un pesimista es un optimista con experiencia. Yo la tengo. Por eso, afirmo rotundamente que nos dirigimos hacia un estado de idiotez permanente del que no seremos conscientes. Si uno sabe que es idiota, puede hacer algo para cambiarlo. Pero si desconoce en qué estado se encuentra porque detrás suyo tiene años y años de vocación en aborregamiento, en pereza mental, en me la suda todo, es difícil salir de esa situación. Es como el pez que ha nacido en una pecera. El mundo está ahí fuera, sí. Sin embargo, desconoce que hay mares, ríos, lagos, estanques… No sabe que la vida es una experiencia mucho más completa que ver un muñeco de plástico de Bob Esponja embadurnado de mierda de pez y comida que te llega desde el cielo.

Crecimos con la televisión. Lloramos con Heidi, pensamos que la madre de Marco se merecía que le quitaran la patria potestad, odiamos a J.R, vimos la teta saltarina de Sabrina y flipamos con las cucharas que doblaba Uri Geller con el bigotazo de Íñigo como testigo. Vimos el cadáver de Franco en blanco y negro, muy negro; a Tejero hacer el ridículo, al rey balbuceando que había dado no sé qué órdenes, ya ves el superhéroe; vimos Informe Semanal y algo parecido a una transición. Y años después vimos a las Mamá Chicho, a Nieves Herrero dando vueltas en círculo alrededor de los cadáveres de las niñas de Alcásser y a jóvenes desubicados peleándose en la casa plató de Gran Hermano. Creímos que éramos modernos. El experimento sociológico, dijo Mercedes Milá. Jóvenes follando bajo un edredón, quién me ha puesto la pierna encima para que no levante cabeza y te presento al novio de la chica con la que te has acostado. La tele convirtió a albañiles en cantantes famosos, se nutrió de famosetes y famosetas, artistas del folleteo, revistas del corasón, corasón, tertulianos multiusos, expertos en nada, nada por aquí y nada por allá. Crecimos idiotizados, lobotomizados, alienados. Crecimos siendo un share, un rating, un anuncio a todo color de hemorroides que se sufren en silencio. Y así llegó un momento en el que la televisión se sintió con el derecho de tratarnos como idiotas, de perdernos el respeto, de mentirnos. La televisión creyó que había llegado el momento de dejar de pelearse con la competencia para empezar a pelearse con la dignidad. Y decidió de qué se podía hablar y qué era mejor esconder. ¿Porque sí? No, porque manda Mr. Ibex. Y los anunciantes son sagrados. No los critiques. Y detrás de los anunciantes hay partidos políticos. ¿A quién pones tú a parir? Uf, no sé… voy a mirar mi accionariado. Y siguió tratándonos como auténticos gilipollas profesionales. O mejor dicho, amateurs. Al fin y al cabo, la televisión no nos paga. Lo hacemos gratis. Sentamos nuestro colesterol delante de las pantallas para que quienes nos expliquen el mundo sean Ana Rosa, o Susanna, o Marhuenda, o Inda, o ese infame tertuliano que lo más importante que ha hecho en su vida ha sido comer hamburguesas de tofu (bueno… y ser cuñado de alguien). Y nos abrazamos a la idiotez. Cada día. Somos idiotas en HD o en 4K. Y nos han dicho que pongamos una bandera en nuestras vidas y lo hacemos. Y nos han dicho que los catalanes son el nuevo Apocalipsis zombie y nos refugiamos bajo nuestros prejuicios. Y deshumanizamos al contrario, no vaya a ser que un día descubramos que son iguales de humanos que nosotros. Somos idiotas que engordan y se quedan calvos. Una generación perdida. La generación I. De idiotas, de amuermados que creen que mover un contenedor es violencia, que creen que falsificar masters es ético, que creen que poner pegatinas en un coche es rebelión, que creen que un trepa a caballo es la solución. Somos idiotas. O empezamos a aceptarlo o al final nos creeremos que la dieta depende del partido al que votas porque lo dice Antena 3.

Fes un click a sota per seguir-me a:

1024px-Instagram_logo_2016 Instagram

logotw Twitter @blogsocietat 

Unknown Facebook

youtube

YouTube