Hubo un tiempo

I'm lost

Hubo un tiempo en el que el respeto no se ganaba en los tribunales, sino que se obtenía diariamente en bonos que caducaban a las veinticuatro horas. El precio era el respeto a los demás, a sus ideas, a su origen, a su género. Pero de eso hace tanto tiempo que a veces ni la memoria tiene la suficiente fuerza para recordarlo. El honor sólo estaba en las novelas de espadachines que hablaban en verso porque lo que importaba era la dignidad humana, aquella que se vive en directo, en el lugar en el que nacemos y morimos, en el tiempo que nos ha tocado gozar o padecer. El azar nos trajo allí y entonces, sin manual de instrucciones o una brújula que funcionase. Por eso improvisábamos entre aciertos y errores, sin videotutoriales de YouTube o consejos de influencers.

¿Recuerdas la época en la que nos reíamos de todo sin pedir perdón? Teníamos sentido del humor. Las banderas ondeaban en los edificios pero apenas las veíamos porque nos mirábamos a los ojos buscando reflejos de nosotros mismos. Y aunque no siempre encontrábamos respuestas, las preguntas tenían valor. Y las risas. El sonido de una carcajada nos recordaba que éramos humanos y que no había tabúes en la risa porque el humor era transgresor, valiente y sacaba el bufón que llevábamos dentro. Se entrecruzaban chistes, se intercambiaban opiniones, las emociones se controlaban, se canalizaban y el ingenio en las respuestas plantaba cara al abismo de la intolerancia. Nadie fusilaba la disidencia en su imaginación, los testículos sólo eran gónadas y la violencia se alquilaba en los video clubs con la promesa de rebobinar la cinta y, a cambio, palomitas de regalo.

Hubo un tiempo en que quisimos ser adultos y no un Peter Pan sin la ESO. Desorientados ante el destino y con un equipaje de sueños rotos pero adultos capaces de dar respuestas maduras. No teníamos redes sociales como placebo a la soledad y hablábamos durante horas sin temor al viento que se llevaba nuestras palabras. Fuimos gigantes con pies de barro y niños que crecieron sin pedirlo pero necesitábamos siempre una mano al lado, más que un retuit o el corazón digital de un desconocido.

¿Recuerdas las noches mirando la luz de las estrellas y no la un móvil que vomita odio en 280 caracteres? Escuchábamos a algunas personas con los ojos muy abiertos cuando en la tele nos daban pistas acerca de qué somos o de cómo alcanzar autoridad sobre nosotros mismos. La palabra se hacía poesía y no zascas tuiteros o memes mil veces vistos. Hablábamos de libros y de cine. O de política. ¿Por qué no? Por qué no hablar de sociedades en vez de patrias. ¿Nos hemos olvidado de que vivimos en una sociedad y de que la patria la inventó alguien para que envolvieras tu yo en una bandera y lo perdieras de vista?

Hubo un tiempo en el que nos sentimos inmortales cuando luchábamos por aquello en lo que creíamos. Y lo hacíamos con la fuerza de las palabras y no con querellas, hiperventilación y aspavientos. La vida. Hubo un tiempo en el que la vida era el origen y el final, el porqué y la respuesta. Y la belleza nos anclaba al tiempo y la libertad tenía un norte que le daba un camino. La verdad era la verdad y la mentira era mentira. Nadie se inventaba realidades con la finalidad de hacer daño.

Quizás nunca hubo ese tiempo y todo forma parte de la imaginación del narrador que aspiramos a ser. Pero no me digas que no hubiese sido bonito, en esta época en la que tan poco suena la palabra bonito.

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