Decir adiós

Hay cientos de métodos para interrumpir una relación. En todos ellos se distingue el sabor de la amargura. Algunos nacen de forma espontánea, casi sin proponérselo. Otros, se planifican paso a paso, sin conceder el más mínimo espacio a la improvisación. El dolor que impregna cada uno de ellos conoce diferentes niveles. Quizá se rieguen con lágrimas o quizá se sellen con la promesa irreal y estúpida de una futura amistad. Lo cierto es que en cada relación rota inevitablemente se esparcen por el suelo hechos añicos los pedazos de aspiraciones urdidas por la ensoñación, de días futuros diseñados con la energía de la esperanza y de recuerdos que en cada aniversario se hundirán en el alma.

Nadie se ha atrevido a escribir un manual sobre cómo se debe cortar una relación sentimental, sin hacer daño al otro miembro de la pareja. Porque es más evitable que el día siga a la noche, que lograr romper un proyecto en común sin provocar dolor. Y ese dolor se filtrará a través de los días hasta que la memoria se torne olvidadiza. Ocurre un día inconcreto. Sin que nos demos cuenta, olvidaremos las palabras que utilizaron para insinuarnos que sobrábamos en su vida. Enterraremos las miradas, los gestos, los circunloquios que emplearon con la intención de convencernos de que los caminos se separan, de que todo nace y muere, de que nada es eterno, ni siquiera el amor.

Hay cientos de formas para seducir y cientos de formas para huir. Hay frases hechas para obtener el calor de un cuerpo cercano y fórmulas gastadas por la literatura y por el cine para rubricar una ruptura. Se revela imposible encontrar en esas situaciones la alquimia de la originalidad. Al tiempo, resulta patético ir al encuentro de la comprensión del abandonado. No hay palabras que suenen acertadas. Por eso, lo único que parece aconsejable es el silencio. Cuantas menos palabras, mejor. Uno debe borrarse de otras vidas sin hacer ruido.

Las despedidas nacen acompañadas por el desengaño. Todos los adioses están inscritos en el desconsuelo. Y ya sean provocadas por una infidelidad, por el aburrimiento o por el pánico al compromiso, todas las rupturas sentimentales parecen abocadas a la culpabilidad. No importa si eres el que te vas o el que te quedas, el que abandona o el abandonado. La culpa abraza cualquier fracaso, por acción o por omisión, por lo que se dijo o no se dijo, por lo que se hizo o por lo que no se hizo. El pasado regresa con la misión de juzgarnos. Y del pasado resulta difícil escapar. Sólo el olvido da aliento al futuro.

En una exposición sobre Auguste Rodin pude contemplar una obra de la escultora Camille Claudel llamada La edad madura. La relación entre ella y Rodin fue especialmente intensa. De todas maneras, pese a la pasión que él sentía por la joven amante, Rodin nunca abandonó a su esposa, Rose Beuret. En el grupo escultórico destaca la figura de la amante que yace en el suelo suplicando un amor que jamás conseguirá porque tiene asignado el insoportable rol de abandonada. Sin duda, Rodin ya ha elegido. Parece marcharse con la otra figura dejando atrás aquello que pudo haber sido y no fue. Seguramente, es uno de los lamentos más bellos que una abandonada ha dejado en herencia a la historia del arte.